Pesos pesados blancos BÚSQUEDA SIN ESPERANZAS
Por José Laurino
artículo publicado en el diario EL DÍA, de Montevideo, Uruguay, el 22 de junio de 1981; lo reproduzco en homenaje al gran periodista, historiador y amigo uruguayo muerto en 2003.
Desde que Ingemar Johansson perdió el título mundial de la categoría máxima frente a Floyd Patterson (y resultó derrotado una vez más, al pretender reconquistarlo ante el mismo adversario) ningún pugilista blanco reinó, supremo, entre los pesos pesados.
Con Larry Holmes en la cumbre, en pleno apogeo de sus aptitudes sicofísicas y aun inalcanzable para todos sus rivales (aunque Francisco Plo, de AFP, diga que “sólo posee media corona, porque la otra mitad está en las sienes de Mike Weaver”, ignorando que cuando se enfrentaron Holmes casi lo manda a la tumba) surge una vez más el “fantasma” de las “esperanzas blancas”.
En primer lugar se cita al invicto Gerrie Cooney, pero al parecer sus apoderados suponen que enfrentarlo con Mike Weaver, “campeón” reconocido por la AMB será más atinado –y menos traumático– que afrontar los puños tremebundos del “asesino de Easton”, como llaman, y con razón, a Larry el Grande.
¿Por qué no surgen en profusión peleadores blancos capaces de despojar a los púgiles de sepia de sus coronas ecuménicas?
La pregunta se la han planteado infinidad de veces a los expertos estadounidenses, especialmente a partir de 1960, cuando el vikingo perdió con Patterson y se acabaron todas las “white hopes”…
Para Lester Bromberg, uno de los críticos más avezados –y respetados– “los atletas blancos, actualmente, encuentran un sitio decoroso bajo el sol sin necesidad de recurrir al boxeo. Solamente los negros sufren, en ese sentido, una posición desventajosa. Para ellos, por lo mismo, el deporte tan duro y tan sangriento puede significar la posibilidad de enriquecerse y de alcanzar un plano popular”.
En la misma tesitura se inscriben afirmaciones de Muhammad Alí, quien al ser preguntado sobre qué opinaba de los muchachos blancos que se dedicaban al pugilato rentado, contestó, con su clásica sinceridad: “son unos idiotas…”
Sin embargo, no todos opinan igual: según Eladio Secades, afamado crítico cubano, no todo es tan simple. Para él “la gran verdad es otra. La raza negra posee condiciones innatas y maravillosas para la práctica de ese y de otros deportes. Si algo tiene que ver el espíritu de la época con la preponderancia de figuras negras, no hay que encontrarlo en el desdén de los muchachos blancos por un espectáculo tan brutal, sino en las facilidades que ahora encuentran y que antes no hallaban los muchachos negros”.
Nosotros –sin negar las implicancias citadas por Bromberg– estamos de acuerdo totalmente con su opositor, pues en los tiempos de John L. Sullivan (que trazó una línea de separción, una barrera racial entre él y el formidable Peter Jackson) era imposible que un pugilista negro llegase a la cima…
Se recuerda que nada menos que Jack Dempsey firmó para defender su campeonato del mundo ante la “Pantera de Nueva Orleáns”, Harry Wills, y aunque éste cobró por adelantado, no hubo pelea…
Nadie olvida que Tunney no ofreció una chance, siquiera, a ningún peleador negro y acercándonos en el tiempo, nos encontramos que Rocky Marciano, siempre dispuesto a enfrentar a rivales negros que venían en declinación, jamá se dignó dar una chance a Nino Valdés, que lo persiguió casi tanto como Jack Johnson a Tommy Burns… (Jack tuvo más suerte, pues su persecución tuvo feliz epílogo en Australia, donde puso KO a Burns).
Ahora, cuando las bolsas tentadoras significan para un peleador blanco la posibilidad de enriquecerse en una sola noche, ganando de una vez lo que le insumiría varios años de trabajo en las actividades comunes, todos estamos de acuerdo en que si los blancos no han vuelto a sentarse en el trono de Sullivan, Corbett, Fitzsimmons, Jeffries o Burns, no ha sido porque no quisieron… Ha sido, en cambio, porque no pudieron…
Page 1 of 2 | Next page
