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Publicado 11th jul 2012 Publicado por Lamazon |
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Por Eduardo Lamazón
Nunca me interesó mucho polemizar defendiendo al boxeo. Cuando alguien me dice que el boxeo no le gusta suelo responderle ‘eso habla muy bien de usted’, un poco en broma. Es una actividad humana violenta, como muchas otras, y los golpes no son vitaminas. Como eso no puede disimularse, hay que aceptarlo o negarlo enmarcado en que la naturaleza de la especie es como es y el hombre pelea desde que existe sobre la faz de la tierra. Nadie se pasa los días apoltronado en la sala de su casa. Por el contrario, el individuo sale a la vida a escalar montañas, a comer y a beber lo que le hace daño, a acelerar un coche hasta la crispación, o a boxear. El boxeo profesional (que es del que me ocupo) es una disciplina que practican los pobres y que disfrutamos todos. Es para muchos una alternativa de vida. Mientras haya hambrientos habrá boxeo. Suena feo, es cruel, pero no es ni más ni menos que la verdad.
Mi lectura del periódico de hoy a la mañana no permite asegurar que el problema de la miseria universal se vaya a resolver en las próximas horas.
Algunos asumen la defensa del boxeo y explican que es un algo por ciento menos peligroso que el ciclismo, o que el paracaidismo, o que las carreras de autos. Esperan espantar a los detractores con la contundencia de estas estadísticas que hasta pueden ser ciertas. Sea lo que sea, esgrimir estos argumentos nunca permitió avanzar un paso en la aceptación del boxeo como deporte, porque no hace sino confirmar que se trata de un ejercicio riesgoso.
El boxeo –uno piensa– se prohibiría solo en una sociedad ideal, con niveles de vida decorosos para todos. Pero ni así. Aun en sociedades opulentas prosperan deportes de vale todo y otros sumamente irracionales. De lo que yo sé, hay un boxeador en potencia allí donde la sociedad no tiene respuestas para las necesidades de los que no tienen nada. Los muchachos buscan dinero, gratis no pelea nadie. Los que conocen mi amor por los animales, mi franca militancia en contra de esa vergüenza de la humanidad que son las corridas de toros, y de todo dolor provocado a esos seres indefensos que etiquetamos como inferiores en lugar de reconocer como nuestros hermanos en el camino, me preguntan si no soy incoherente al recuperar las virtudes del boxeo. Les respondo que en el boxeo no se maltrata a ningún animal. La otra gran diferencia consiste en que decidirse por el boxeo es –para el que lo practica—una elección necesaria o voluntaria. Ya dijimos, por dinero, por ilusiones, por cambiar la vida en una cloaca por algo mejor.
Como no es posible pedirle al hambriento que no coma, la satisfacción de esa urgencia impele al hombre a tomar decisiones. Cuando opta por el boxeo no comete ningún crimen.
Alcoholismo, drogas, analfabetismo, violencia, desocupación, delincuencia juvenil, son los flagelos que como pandemias modernas alcanzan a los habitantes del planeta. Esos son los enemigos a vencer, que debieran preocupar a todos, y entre todos a los opositores al boxeo. Esos opositores que no dejan en paz a algunos miles de jóvenes que en distintos países, un paso antes de caer en el vicio o en el crimen, prefieren el boxeo, buscando una alternativa –esa esperanza soledosa, la única—que tal vez les permita sobrevivir sin que vivir sea una condena.
Los abolicionistas, que cada tanto arremeten con todo, son típicamente médicos de los Estados Unidos o alguna coqueta agrupación británica. Señores de cuellos y puños almidonados, puntualmente comprometidos con su rol en la sociedad. Quieren prohibir el boxeo porque no pueden tolerar tanta violencia, paradójicamente en un mundo donde un ring de boxeo parece un lugar más seguro, más sano y más pacífico que todo lo demás. No proponen ninguna solución a la indigencia de los que se sirven del boxeo, por supuesto. Su razonamiento es el de aquella sangrienta pinta en una pared que decía: “Combata la pobreza, mate un mendigo”.
Parecen, sin embargo, muy preocupados por la suerte de sus prójimos, los boxeadores. Si usted no está prevenido lo van a convencer de que ellos quieren evitar el sacrificio de esos muchachos que si no mueren pierden tres neuronas y ya no pueden pensar.
Hay un argumento para terminar con esa afirmación. Un argumento que la gente de boxeo se resiste a utilizar porque teme lastimar a los boxeadores, y es el siguiente: los boxeadores difícilmente piensan demasiado.
Su pan de cada día es el rigor que en la vida les tocó en suerte. Para pensar se necesita ocio, como para estudiar se necesita tiempo. No se puede en la miseria. Nunca vemos arquitectos o abogados boxeadores. Porque se boxea primero por hambre, segundo por hambre y tercero por lo mismo. Allí donde hay una profunda grieta social es donde asoma el boxeo, donde nadie da una respuesta, donde el hombre tiembla de impotencia y se la juega por su destino.
Mata la vida, matan el estrés y la angustia. De ahí que esas neuronas que negociamos unas líneas atrás valgan la pena. Aseguraba un médico una vez que si le daban un hombre para criarlo debajo de una campana de cristal, haría que ese hombre viviera ciento cincuenta años; lo que no podría lograr –explicaba—era hacerlo feliz.
El boxeo nos gusta a muchos. No se piense que la única defensa posible es que da de comer a los boxeadores. Aun con su cuota de peligro, la veo como una actividad más. Aquel que no se hizo boxeador y trabaja como albañil, se puede caer del andamio instalado a la altura del piso veinticinco. La diferencia es que su accidente no saldrá en el periódico del día siguiente ni puede apostar a ganar un millón en una sola noche.
Alguien me preguntaba si Muhammad Alí le debe su Parkinson al boxeo. Tal vez sí y tal vez no, no lo sé. No conozco muchos boxeadores con Parkinson, sólo Alí y Freddie Roach. Aunque fuera por el boxeo, si Alí pudiera transportarse a su infancia y elegir de nuevo su camino, seguramente elegiría volver a ser lo que fue, lo que es, con su pasado de boxeo, y no la nada que le esperaba ser sin una sola oportunidad, nacido negro y pobre en un país que rechaza a los pobres y a los negros.
Son los boxeadores del mundo de la mano del boxeo. Para decenas de miles otra mano no existe.
publicado en CENTRAL DEPORTIVA de El Universal el miércoles 11 de julio de 2012
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Comparto su punto de vista Don Lama, felicitaciones por su pagina que nos hace conocer mas a los que nos apasiona este deporte, saludos.
Usted es un maestro don Lama, su artículo es inspirador. Felicidades.
Excelente articulo don Lama, pone el dedo sobre la llaga. ¿Quien por puro gusto se subiría a un ring a golpearse con otro ser humana para golpear y ser golpeado? solo el hambre lo pueden a uno orillar a hacer esto. Siguiendo este orden de ideas, anteriormente parecía que todos los campeones mexicanos salían exclusivamente de tepito, pero en estos momentos no recuerdo a ninguno en activo de esa parte de la ciudad de México, ¿como puede entenderse esto? ¿ya no hay mas hambrientos en tepito? ¿ahora son de sinaloa? buen punto para reflexionar…
Usualmente concuerdo con sus articulo, pero en esta ocasion tendre que discrepar de sus argumentos, los cuales pretende hacer parecer como obligados para cualquiera que practique este deporte, y conosco bien la contraparte de su punto de vista puesto que yo mismo soy un boxeador comenzando mi carrera profesional ademas de haber terminado mi licenciatura y con miras a mi posgrado, soy clase media, no muero de hambre ni veo el boxeo como mi camino a una mejor vida, la cual tengo la capacidad de conseguir por otros medios, sin embargo, el boxeo es mi pasion y los que se han subido a un ring entienden ese sentimiento despues de una batalla, es como la gloria de un guerrero y la multitud aclamandote va mas alla del hambre para algunos mi estimado Eduardo. Por cierto haciendo referencia al comentario anterior, soy de Sinaloa.
Al parecer eres la regla a la excepción. Bien por ti. Esperemos verte boxeando pronto en TV.
Muy bueno y respetable su punto de vista, Don Lama. Gustoso, de leerlo como siempre.