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Mostrando la Categoría 'ARTÍCULOS HISTÓRICOS'

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Publicado 25th jun 2012
Publicado por Lamazon

(SEGUNDA PARTE)

 

                         Por Eduardo Lamazón

 

 

  

 

   Jack Dempsey se disponía a hacer contra el francés Georges Carpentier la tercera defensa del título de los pesados, suyo tras haber aniquilado a Jess Willard. Sería la pelea más espectacularmente anunciada, comentada y palpitada por estadounidenses y europeos jamás programada.

 

   Si Estados Unidos y Francia hubieran entrado en guerra, la expectación depositada en el asunto no habría sido mayor.

 

   Al contrario, la Primera Guerra había quedado atrás y el mundo se recomponía. Era 1921. A Italia pronto llegaría el fascismo. Albert Einstein ganaba el premio Nobel de Física. En la presidencia de los Estados Unidos, Warren Harding sucedía a Woodrow Wilson, lo que devolvía el poder a los republicanos. Henri Landrú, llamado el Barba Azul de Gambais, y acusado de haber asesinado a ocho mujeres, era condenado a muerte en Francia. Se fundaba el Partido Comunista Chino. Fallecía Enrico Caruso. Hitler movilizaba a los miembros del Partido Obrero Nacionalsocialista Alemán. El poder bolchevique evolucionaba rápidamente hacia una férrea dictadura. En la ciudad de México el poeta Ramón López Velarde moría prematuramente a los 33 años de edad.

 

   Años de la Ley Seca en los Estados Unidos, cuando se prohibió la destilación, el transporte y la venta de alcohol.

 

   Dempsey ejercía una atracción sin igual…

 

   Era el máximo ídolo del deporte, un ícono. Cautivaba y enamoraba. Seducía como sólo lo haría cuarenta años después Cassius Clay.

 

  Dempsey había ganado el título sin ocultar un pasado de vago, borracho y peleonero. En sociedad con su manager Jack Kearns, y con su promotor Tex Rickard, había logrado niveles de popularidad y éxitos nunca antes vistos.

 

   Tex Rickard estaba siempre preparado para explotar al máximo el ángulo comercial de sus promociones. Para la tercera defensa de Jack eligió al carilindo Georges Carpentier, que en 1906 había comenzado a pelear en peso mosca. Carpentier, amado incondicionalmente en Europa, era todo lo que no era Dempsey. Tenía un pasado militar de héroe en la guerra, y una figura afable, garbosa y sofisticada. Ni más ni menos que lo opuesto a la presencia ceñuda e impenetrable del campeón.

 

   Esta fue la pelea entre el héroe y el haragán salvaje y desaliñado. El viejo mundo contra el nuevo mundo, y muchas cosas más.

 

Jack Dempsey holding his wife, Estelle Taylor, on his shoulder

   Otra vez Rickard, el genio, el iluminado, manipuló brillantemente a la prensa. La pelea capturó la atención de todos y alimentó la imaginación como ninguna otra en el pasado. Dempsey-Carpentier fue la primera pelea cuya taquilla superó el millón de dólares. El 2 de julio chocaron en Los Treinta Acres de Boyle, Nueva Jersey, produciendo a la boletería 1’789,238 dólares. A Dempsey le había sido garantizado un salario de 300,000. Los deportes eran ya entonces una obsesión americana. La multitud parecía haber enloquecido. Un conjunto musical tocó durante diez horas sin pausas la canción ‘Yes, We Have No Bananas’ que era lo que estaba de moda, y la muchedumbre cantó sin cesar.

 

   Dempsey y Carpentier eran pesos completos chicos, si hablamos del peso. El retador pesó 78 kilos y el campeón 85,200. Setecientos periodistas trabajaron cerca del ring para contarlo a la posteridad. Era la primera vez que un título mundial se radiaba y se filmaba.

 

   Ochenta mil personas fueron testigos de una de las peleas más dramáticas jamás escenificadas. El momento de la verdad llegó con el primer tañer del riel amartillado.

 

   Estaban frente a frente y el tiempo pareció detenerse…

 

   Dempsey ganó el primer round, pero nada, absolutamente nada, hacía presagiar el trámite del round número dos. Carpentier casi noqueó al gran campeón con una derecha de muerte, tras lo cual éste se vio obligado a amarrar, trabar y abrazarse para llegar al final del episodio. La oportunidad de Georges se había ido sin trocarse en victoria. Había quebrado su pulgar pegando ferozmente sobre la cabeza de Jack, pero ya se sabía que no había un hombre que pudiera acabar con el campeón de un solo golpe.

 

   En el tercer round el retador recibió un brutal castigo, y la multitud, sabiendo que el rumbo de la pelea ya no tornaría, guardó silencio.

 

   El final sobrevino en el cuarto. Un poderoso gancho de izquierda de Dempsey envió a la lona a Carpentier, pero éste se reincorporó a la cuenta de ocho. Después una derecha al cuerpo, ahora sí, se convirtió en arma letal para el guerrero. El réferi Harry Ertle le contó hasta el ‘no más’.

 

   Dempsey ya no peleó ese año, y en 1922 sólo realizó veinte exhibiciones. En una de ellas, el 18 de julio en Montreal, noqueó a tres oponentes en el primer round. Uno tras otro. Volvió a la competencia en serio el año siguiente, 1923, ganándole a Tommy Gibbons por puntos en 15 rounds el 4 de julio en Shelby, Montana. Tex Rickard le había prometido al poblado ponerlo en el mapa al organizar una pelea de campeonato mundial. Pero sucedió algo más que eso: asistieron sólo 7,000 personas y los cuatro bancos de la ciudad se declararon quebrados cuando hubo que pagar la garantía de 300,000 dólares al campeón. No hubo dinero para pagarle a Gibbons, un bien preparado profesional de Saint Paul, Minnessota, y entonces resultó que éste no cobró un centavo en la pelea más importante de su carrera.

 

   Esa se recuerda como la última de las noches desangeladas en la carrera del gran pugilista de Manassa. Sus apariciones posteriores serían altamente dramáticas y dignas de ocupar cada una un lugar en la historia.

 

   Sólo dos meses después del insuceso de Shelby (en donde Kearns tuvo que alquilar un tren especial para que transportara a su pupilo y a él con las ganancias obtenidas), Dempsey estaba en el ring del Polo Grounds de Nueva York defendiendo el título frente al argentino Luis Angel Firpo, en la primera de las llamadas ‘Pelea del Siglo’.

 

   Con toda justificación Firpo era apodado el ‘Toro Salvaje de las Pampas’. Medía 1.90 y tenía una mano derecha tan poderosa que jamás la olvidaría ninguno de sus rivales. Poca técnica, o ninguna, pero capaz de derribar una pared.

 

   El argentino ya había hecho campaña en Estados Unidos y su víctima más conocida era Jess Willard, nada menos que el predecesor de Dempsey, a quien había despachado por nocaut. El pedido de Dempsey para que lo apoyaran fue una llamarada de fuego en el alma de los fanáticos, y una estampida al Polo Grounds que se atiborró con 125,000 eufóricos que serían satisfechos en todos sus anhelos. Fue la segunda taquilla de más de un millón para Rickard, el fantástico promotor que seguía engordando su prestigio, pero aún más su cuenta bancaria: 1’188,603.

 

   Si usted me puede creer, la pelea que duró sólo tres minutos 57 segundos, produjo más drama que cualquiera otra en el resto del siglo. Firpo supo qué cosa tan inaudita era el gran Dempsey y fue derribado siete veces en el primer round y tres en el segundo, incluyendo el nocaut. Pero mientras estuvo de pie logró revestir la contienda de la más grande incertidumbre que jamás habían presenciado los asistentes, que con el corazón en la boca pasaban en un instante del silencio más angustioso al aullido más desgarrador.

 

   Dempsey salió a la orden de la primera campanada y lanzó una derecha asesina, dispuesto a acabar con todo en un segundo. Pero falló, y la derecha de Firpo en respuesta lo impactó en el mentón enviándolo al piso. Su regreso fue instantáneo y no hubo cuenta.

 

   Tras el electrizante comienzo el campeón vulneró al argentino con dos ganchos de izquierda que lo derribaron, y después una derecha a la quijada que otra vez lo depositó en el suelo. Firpo se levantó sin cuenta y castigó duramente a Dempsey que contestó con golpes al cuerpo. Firpo al suelo, por tercera vez. El round ya era para la historia y Firpo había pasado más tiempo en el suelo que sobre sus pies. Cuatro veces más caería Luis Angel Firpo en el mismo round, antes de que, inesperadamente, con una derecha criminal golpeara al campeón arrancándolo del piso. Fue tan brutal el golpe que, fue el impulso tan salvaje y devastador, que Jack Dempsey voló por los aires. Su cuerpo despedido pasó por entre la segunda y la tercera cuerdas para salir completamente del ring y caer en la zona de prensa.

 

   Cien manos ansiosas se agitaron desesperadas para retornar a Mr. Dempsey al ring, en completa violación de las reglas que estipulaban la inexcusable necesidad de que quien estuviera en tales circunstancias regresara solo al cuadrilátero.

 

   Dempsey estaba parado otra vez en el ring, al borde de la inconsciencia. Cuando el argentino se disponía a atacar nuevamente para acabar su obra, la campana vino a salvar al campeón cuya suerte parecía sellada.

 

   Dempsey estaba en tan malas condiciones como su retador, pero alcanzaba a comprender que Firpo de pie era una bomba de tiempo. Tenía que acabar con él. Al comienzo del segundo round Firpo volvió a caer, y después lo hizo una vez más para levantarse sin defensa. Dempsey fue conocido como uno de los más implacables definidores de todos los tiempos. Acabó con el asunto con dos ganchos de izquierda con los que pareció haber ejecutado al retador. Firpo se veía como se ve un cadáver por un par de segundos, y después se torció en convulsiones antes de ponerse de rodillas. Pero esta vez no pudo levantarse y permaneció en agonía. Uno de los momentos más angustiantes del boxeo de cualquier época había terminado.

 

   Fue la última pelea seria de Dempsey en los cuatro años por venir. Era ya, claro, una celebridad nacional y mundial y no le fue difícil ganar dinero en películas, exhibiciones boxísticas y presentaciones personales en algunas de las miles de invitaciones que recibía cada día.

 

   Fueron sus días más gloriosos en el boxeo. Su tiempo de fama y celebridad tardaría todavía en agostarse, pues peleó por casi 18 años más. Cuenta la historia que a pesar de las molestias que causan quienes demandan autógrafos por millones a las figuras famosas, pocas veces se ha visto a un hombre más amable que Dempsey, quien se tomaba el tiempo para dedicar cada firma después de preguntar el nombre del destinatario, y con frecuencia agregaba ‘good luck’, o bien ‘keep punching’. Leemos esto cien años después y Jack Dempsey sigue siendo capaz de enseñarnos algunas diferencias. Mucho más cerca en el tiempo un tipejo campeón llamado Riddick Bowe le respondió ‘yo a ti no te conozco’ a un jovencito que le solicitaba un autógrafo.

 

   Vendrían como lo más destacado, además de una victoria que obtuvo frente a Jack Sharkey, sus dos derrotas ante Gene Tunney, en 1926 y 1927.

 

   Gene Tunney era un ex campeón semicompleto de los Estados Unidos, bien parecido, boxeador de clase y una personalidad inconcebible para un boxeador: estaba familiarizado con la literatura y era un especialista en Shakespeare y Platón, habiendo llegado a dar conferencias sobre los dos. Sólo había perdido una vez con Harry Greb, y se había cobrado la afrenta. En peso completo había dado cuenta de Tommy Gibbons, Bartley Madden y Johnny Risco. Un rival ideal para el gran Dempsey.

 

    Pero Dempsey no fue el mismo que había sido y perdió la primera pelea por puntos en 10 rounds (la distancia máxima permitida por la ley de Filadelfia). La pelea, igual que todas las que sostuvo en ese tiempo, estuvo precedida por una gran publicidad y una mejor recaudación.

 

   Cuando Jack regresó a su hogar, tumefacto como nunca antes, su esposa (la actriz Estelle Taylor) se tomó la cara con una mano, en tanto se tapaba los ojos con la otra. “-¿Qué pasó, queridito?” gimoteó, a lo que el feroz peleador repuso cariacontecido: “-Me olvidé de esquivar”.

 

   La revancha fue conocida por siempre como ‘la batalla de la cuenta larga’, porque en el séptimo round Tunney estuvo 14 segundos en el piso y se levantó cuando el réferi apenas iba contando nueve. Dice la leyenda que Al Capone ofreció arreglar la pelea a su favor, pero que Dempsey no lo aceptó. No sabremos jamás si esto es cierto, pero pudo suceder. La pelea recaudó 2’658,660 dólares. Tunney ganaba por contrato 990,000, pero el promotor le dio un cheque extra para que redondeara el millón (el equivalente hoy sería algo así como 19 millones de dólares). Era el momento de más pronunciada crisis en la carrera de Dempsey, a los 30 años de edad, y perdió por puntos.

 

   Su carrera boxística en serio llegaba a su fin. En 1928, un año más tarde, Tex Rickard celebraba la última promoción de su vida. Moriría en 1929 en Florida. Cerraban uno de los capítulos más brillantes y coloridos de la historia del deporte en el mundo.

 

   Es difícil reflejar cuánto Jack Dempsey sacudió a la comunidad de su tiempo, cómo arrastró multitudes, qué cosa era en aquellos años construir estadios para 120 mil personas y llenarlos.

 

   Sobre él se han escrito los más bellos panegíricos, entre ellos el de la escultora, poetisa y escritora madrileña Irene García, quien en ‘Fiebre para siempre’ lo describió como “Un luchador nato que hacía estremecer a las multitudes. Puños de acero, mandíbula rocosa, quienes lo trataron decían que luchaba a vida o muerte y tendía a matar”. Yo creo que se equivocaba, a pesar de las bellas palabras. Dempsey no tenía mentalidad de asesino. Los verdaderos asesinos no suelen dedicarse al boxeo y eligen otros oficios, menos peligrosos.

 

   Jack era simplemente un espíritu batallador, envuelto en un cuerpo pétreo, que daba lo mejor en el ring, como tantos otros. Una violencia condensada, controlada y ejercitada desde sus propias vísceras. Un ciclón de vida en acción, evolucionando en el interior de un cuadrilátero, en una cárcel de rejas horizontales en el país de la niebla.

 

 

   Un peleador para siempre.

 

Columna publicada en Central Deportiva de El Universal el lunes 25 de junio de 2012

www.centraldeportiva.com

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Publicado 4th mar 2012
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             Por  Eduardo Lamazón

 

 

   ¡México y Puerto Rico! La revancha que sostendrán el sábado Siri Salido y Juan Manuel López renueva una añeja rivalidad entre aztecas y borinqueños en el boxeo profesional.

 

   Puerto Rico es el territorio boxístico más importante del mundo, a la luz de los resultados obtenidos. La isla ha dado cuarenta y cinco campeones mundiales, que es un tercio de los que ha dado México pero hay que considerar que su población es veintiocho veces menor. Puerto Rico ha ganado 54 peleas entrambos países, México 42. Wilfredo Gómez le ganó a siete mexicanos sólo en peleas titulares; Julio César Chávez le ganó a cinco puertorriqueños, con lo que es posible decir que de los dos lados hubo buenos gladiadores que defendieron sus colores.

 

   Siri Salido logró una sorpresa histórica cuando derrotó a Juanma en la primera pelea y le arrebató el título pluma el 16 de abril pasado en el Coliseo Rubén Rodríguez, de Bayamón. Sumó un duro golpe para el boxeo puertorriqueño a los muchos que México le ha infligido recientemente. Las victorias de Giovani Segura sobre Iván Calderón y de Travieso Arce sobre Papito Vázquez han sido asaz dolorosas para ellos. Miguel Cotto logró vengarse de Antonio Margarito y secretamente los boricuas apuestan a un triunfo de Juanma López para equilibrar las cosas en lo que está fresco en la memoria.

 

   El boxeo puertorriqueño nació hace 85 años. Es unos diez años más joven que el boxeo mexicano. Ha alcanzado alturas envidiables, y en las primeras seis divisiones desde abajo (de paja a supergallo), ningún país tiene un boxeador más grande que Wilfredo Gómez. Yo viví la época de Gómez. Hay detalles que el tiempo diluye, pero que en su momento fueron importantes. Cuando en 1982 llegó el tamaulipeco Roberto Rubaldino a pelear con Wilfredo, muchísimos pensaron que su época terminaba, la de Wilfredo. Gómez había vuelto a defender el título supergallo y era la pelea titular número 17 en la categoría después de la aventura fallida contra Sal Sánchez en pluma. Gómez noqueó a Rubaldino en el Hiram Bithorn de San Juan y ratificó que a sus 25 años de edad estaba entero y seguía siendo el imbatible supergallo que fue durante ocho largos años.

 

   El 25 de septiembre de 1927 es la fecha oficial del nacimiento del boxeo en Puerto Rico. Al Clemens, de la isla, se enfrentó a Henry Chaff, un venezolano que en realidad se llamaba Enrique Chaffardet, 133 y 123 libras en ese orden. La decisión fue empate, aunque Chaff había dado una paliza a su oponente que lo superaba en cinco kilos. Un afiche callejero había anunciado la función informando “Grandiosa inauguración del Universal Stadium de Río Piedras. A las 8 de la noche. Por primera vez en Puerto Rico se celebrará una emocionante lucha de boxeo”.

 

   No era más que la presentación organizada de una actividad que había prendido fuerte en campamentos militares durante la Primera Guerra Mundial. Johnny Peña, en 1932, fue el primer puertorriqueño en disputar un título mundial cuando enfrentó a Tommy Paul en Detroit. Perdió la decisión en 15 rounds y se quedó sin el título pluma que pretendía.  Pero Sixto Escobar sería un buen vengador de aquel fracaso. En 1934 conquistó el primer título para la isla. Noqueó en 9 a Rodolfo Casanova, el Chango de Guanajuato, haciéndose del fajín gallo en Montreal, y encendiendo la mecha que arde todavía cuando mexicanos y puertorriqueños se calzan los guantes.

 

   ¿Por qué la rivalidad es tan grande? Resulta natural que así sea porque México y Puerto Rico son potencias en boxeo, están geográficamente cerca, pero también son vecinos de Estados Unidos y por razones obvias no pueden competir con la fuerza del imperio. Estados Unidos ha tenido casi quinientos campeones mundiales. Entonces aztecas e isleños se han dedicado a competir entre sí con pasión desbordada.

 

   Seguramente algunos aficionados no recuerdan todos los detalles del primer choque Salido-López. Bob Arum se rehusaba a montar la pelea entre Juan Manuel López y el también campeón Yuriorkis Gamboa, para la unificación en peso pluma que los fanáticos pedían a gritos. “Todavía no es lo suficientemente grande” me dijo Arum un día, que sólo montaría la pelea cuando una cadena de televisión alcanzara el precio que él ya había decidido, tres millones de dólares. Cuando Siri Salido derrotó a López le hizo a Arum más daño que a López, porque pateó un tablero que había sido cuidadosamente armado jugada tras jugada.

 

   Si toda esta historia no fuera suficiente para el interés que promete la revancha, está la detención que hizo de la primera pelea el réferi Roberto Ramírez, rozando el escándalo. Hay que recordar que Juanma estaba en casa y que es dueño de una historia de recuperaciones dramáticas. Salido lo había atormentado con su derecha desde el comienzo. El quinto round para el boricua había sido un calvario. En el octavo había recibido más castigo y estaba confundido, cuando al minuto con 39 segundos Ramírez dio el asunto por terminado. No me uno a los muchos que dicen que se precipitó, pero quién se lo explica a los que están en las gradas. Cuando un público no quiere perder, no entiende razones ni acepta nada Tuvo mala suerte el réferi porque en el momento en que él decidió intervenir para pararla, López tiró un golpe efectivo. El Coliseo Rubén Rodríguez, de Bayamón, se incendió. Un fulano arrojó al ring una botella que le dio al comentarista de Showtime Al Bernstein. Las protestas se generalizaron y estuvimos a un tris de presenciar una batahola. Las tarjetas de los tres jueces estaban 66 a 66. Si la pelea continuaba era un nocaut efectivo cantado a favor de Siri, pero qué puertorriqueño podía verlo.

 

   Yo le recetaría al Siri: “conseguir un nocaut”, porque de otra manera veo una pelea muy difícil. Nadie le va a envenenar el agua al nuestro. Si gana, gana. Pero esperar una decisión favorable allá no debe estar en los planes.

 

   El Siri Salido, de Ciudad Obregón, es el campeón y dará revancha a Juanma López. Será en el Coliseo Roberto Clemente de San Juan, que hace 39 años inauguró el grupo musical Fania All-Stars, y que ha sido sede de acontecimientos grandiosos para los boricuas. Fue donde Wilfredo Gómez le ganó el título mundial pluma a Juan Laporte, en 1984,  en una pelea de la que fui supervisor, y recuerdo que me temblaban hasta los huesos al sumar las tarjetas sintiendo la presión de quince mil fanáticos enloquecidos. El sábado próximo será igual, un paseo a ver el cadalso para Salido, implorando para que Dios lo ayude. Es mucho lo que está en juego.

 

 VIDEO DE SALIDO-LÓPEZ UNO

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Marzo 4, 2012

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Publicado 10th feb 2012
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La nacionalidad es para los seres humanos una condición de identidad, que reune, agrupa, fortalece y dignifica a ciudadanos que tienen asuntos en común, generalmente el haber nacido en un territorio determinado. Se adquiere de varias formas, dos de ellas son el nacimiento y la naturalización.

Oscar de la Hoya se naturalizó mexicano el 11 de diciembre de 2002 en una ceremonia en el Consulado Mexicano de Los Angeles, en la que estuvo acompañado de su esposa Millie Corretjier y recibió la matrícula consular número 200,000 que lo acredita como nuestro connacional. La ley pone algunas restricciones a los no nacidos en territorio nacional, pero no dice que unos mexicanos son de primera y otros son entenados.

La inclusión de Oscar de la Hoya en la lista de los mejores boxeadores mexicanos de todos los tiempos (ver en esta página de boxazteca) desató preguntas, aprobación, dudas, quejas y en algunos casos, pocos, indignación.
Cuando pregunté a algunas personas por qué se resisten a aceptar a De la Hoya como mexicano genuino me contestaron que porque no vivió nunca en México.

Recuerdo a Oscar subiendo siempre al ring, desde que era amateur, con la bandera mexicana, y no me parece que lo hubiera hecho con intenciones aviesas entonces, cuando su gran futuro era aun incierto. Recuerdo también que el comité olímpico de los Estados Unidos lo amenazó por no desentenderse de la enseña tricolor, y Oscar no hizo caso.

César Vallejo es la figura cumbre de la literatura peruana, y prácticamente no vivió en Perú. Nadie le niega su peruanidad.
“Hay golpes en la vida tan fuertes…
Yo no sé…
Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo…”, decía el peruano maravilloso, ¿se acuerdan?

En contraste, a Gabriel García Márquez son muchos los colombianos que le reprochan severamente que haya dejado su tierra.

Somos peculiares los hombres para manejar nuestros afectos, nuestros amores, la aceptación de los demás.

México es un país en el que no he notado, nunca, ni una triza de xenofobia, por lo que la actitud de los que aceptan a Oscar de la Hoya como nacional, me parece correcta y buena.

Imagínense si a Mantequilla Nápoles o a Ultiminio Ramos no los aceptáramos como mexicanos. En la historia del boxeo cubano no están. Si en la de aquí tampoco… habría que concluir que no existieron.

“Quien considera que los buenos extranjeros no son extranjeros en su patria, engrandece su nación hasta igualarla al mundo”, escribió el uruguayo Constancio Vigil.

Tomémoslo en cuenta.

artículo publicado en 2009 en la página de TV Azteca

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Publicado 14th ene 2012
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VEAN EL NOCAUT

UNA DEFINICIÓN DE LAS QUE YA NO SE VEN. PUDO MATARLO.

IKE WILLIAMS fue un grandioso campeón mundial de peso ligero, que peleó con los mexicanos Juan Zurita y Enrique Bolaños. Su rivalidad con Beau Jack es muy recordada, pelearon 5 veces de las que Jack ganó sólo una. En esta pelea del video, de 1948, Williams gana por KOT en el sexto round, después de golpear a un Jack indefenso… ¿cuántas veces? Cuenten. Tal vez 19 golpes, tal vez 26, tal vez 30… Beau Jack sin protección, y un campeón de clase mundial pegándole sin que nada lo detenga. Histórico, dramático. Ver a Ike Williams es siempre un privilegio. De paso compárelo con los pesos ligero de ahora. Buen ejercicio.

 

 

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Publicado 13th ene 2012
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El “me voy” y el “no me voy”
EL SÍNDROME DEL ADIÓS
artículo publicado en el diario ESTO de la Ciudad de México
el 13 de octubre de 1986

                                         Por  Eduardo Lamazón

Los boxeadores se van. Un día inescrutable pero cierto, llega la cita con el retiro. Terrible realidad. ¿Es que alguien no se va? ¿Es que alguien no deja de ser?
Es un reto a la inteligencia éste de prepararse para un mañana diferente, y es un paso que ni los mejores hombres, aquellos más ilustrados o sensatos, parecen poder dar con toda la dignidad que desearían.
Un profesionista, un artista, un político, dejan un día de ser lo que eran. Profesional, artística y políticamente.
Ahora bien, cuando el ocaso viene a apoderarse de la vida de un deportista, el abismo que se abre delante de ese hombre, es mucho más abrupto, más cruel y traicionero que el que al otro hizo temblar.

Cuando este deportista es un boxeador, la rotunda sensación de que el mundo es el que se acabó, reviste características dramáticas.
El tema está de moda porque Roberto Durán, Wilfredo Gómez, Larry Holmes y Wilfredo Benítez se siguen azotando entre los extremos del me voy y el no me voy. Como hace poco le pasó a Alexis Arguello. Una lista que podría agregar a Carlos Zárate y a Pipino Cuevas, con más nombres a sumarse pronto. Con una retahíla de innumerables en el pasado si de buscar se tratara.

No. No se trata de buscar. Alcanza con la certidumbre de que el síndrome del adiós no distingue épocas ni actividades. Su víctima es el hombre. Dicen los filósofos que la única certeza del que nace es la muerte. En el camino encuentra cualquier hombre otras verdades más fugaces. Como debe saber un campeón de cualquier cosa –porque nada es más seguro– que dejará de serlo algún día. El día llega y somos testigos de que invariablemente los Durán, los Gómez, los Holmes, no se dan cuenta. Les pasa inadvertido.

El público troca los aplausos por silbidos. El periodista muda las palabras y hace críticas los elogios que acostumbraba. La familia censura lo que antes alababa sin condición. Y el boxeador comienza a sentirse solo como nunca creyó estarlo. Solo con su lucha más dispareja y feroz. Un golpe, que es decir un segundo de vida, tal vez menos, cambia esa carrera hacia la cumbre porque hasta ahí llegó, e inicia el descenso. El ascenso tuvo un principio. Este descenso no tendrá un final.
¿Quién le había mentido al boxeador todo lo que le mintieron? ¿Por qué nunca nadie le advirtió sobre esta nueva realidad que le quema? ¿Sólo él es el culpable? ¿Por qué no le dieron tiempo siquiera a pensar que llegaría un día en que ni el teléfono iba a sonar?
Consecuencias inevitables de este desequilibrio sin medida son la frustración, la angustia, la soledad y casi siempre el resentimiento.

“El boxeador está tan solo que cuando suena la campana hasta el banquito le quitan”,decía siempre Ringo Bonavena, el argentino que en un burdel de Nevada sucumbió a la ley de la pólvora cuando la vida se le hizo muerte en una emboscada.

 

 

La soledad del boxeador se parece a todas las soledades. Es incomprensión, literalmente, lo que padece. Porque no necesita que lo comprendan racionalmente, sino en el universo de sus emociones, que es mucho más grande, más hondo y más cruel. Quiere volver a pelear para dar un puñetazo que despierte el delirio colectivo. Eso será aprobación y no otra cosa es lo que él necesita para creerse el gigante de ayer.

En esa búsqueda absurda que quiere amarrar el pasado, Holmes, Gómez, Durán, están diciendo “con permiso” cuando tendrían que decir “ya me voy”.

Y quién sabe cúál es la solución. Acaso tiene que ver con esta indiferencia contagiosa que nos agobia. Acaso no está en el boxeador sino en los demás. Acaso tiene que ver con que para que todo vaya bien hay que tomar decisiones correctas siempre. Y éste debe ser, está visto, un ejercicio muy complicado, para el que no alcanza con la fuerza felina de un boxeador.
Pero sobra cuando dos, o más, ponen todo su empeño. Es un ejercicio de vida. Ni más ni menos que llevarse bien con el vecino. Cuando usted y yo veamos en el boxeador a un ser humano, que se rompe el alma y las manos porque no le enseñaron otra cosa. Pero que palpita y sufre y ama y vibra, quizá podamos comprender –a veces ni siquiera disculpar– que Ubaldo Sacco se abrace a la cocaína y que James Shuler acelere su motocicleta hasta el estallido total de perder la vida. O que Benítez y Pipino y tantos más no quieran irse del ring, que al fin y al cabo es un poco más sensato que el aquelarre de citarse con la muerte.


El tiempo no es un amigo amable de los atletas. Ellos se terminan antes que los profesionales de otros quehaceres. Eso es todo. El boxeador que no se retira a tiempo no hace nada distinto al hombre maduro que se pinta las canas o al que con un bisoñé quiere engañar al espejo. El boxeador pelea porque qué otra cosa va a hacer. Siendo un poco complicado, como está visto que es, este desaguisado de las emociones de los hombres de hematomas en la cara y cicatrices en el alma, digamos solamente que merecen menos burlas y más respeto. En esto de vivir, amar, sufrir, también caben el error, la duda, y alguna que otra vacilación.

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Publicado 11th ene 2012
Publicado por Lamazon

 

                           Por  Eduardo Lamazón

 

Hace 100 años había dos grandes boxeadores en peso completo que protagonizaron una buena historia. Los dos fueron campeones del mundo, cada uno a su tiempo. Uno era Jim Jeffries, nacido en 1875 en Carroll, Ohio; y el otro era Jack Johnson, el primer campeón mundial negro en el peso completo, y uno de los mejores campeones que han sido, y que fue tan extraordinario que aun hoy si se hace una lista de los mejores de la historia entra en los primeros 5 o 6. Johnson era El Gigante de Gálveston, de Gálveston, Texas, donde había nacido.

Jim Jeffries estaba destinado a irse invicto, porque así se retiró en 1904 sin haber perdido jamás, pero cometió el error de regresar seis años después, a los 35 de edad,  tentado por lo de siempre… la gloria y el dinero, cuando Johnson ya le había ganado el título a Tommy Burns y era el rey en el trono y no había quien pudiera ponerlo en entredicho.

Johnson

Johnson

La pelea se montó en 1910 en Reno y fue un gran acontecimiento. Fue la primera vez que se contruyó un lugar especialmente para la pelea, con la promoción de Tex Rickard, por supuesto, nadie más que él que fue el mayor promotor de todos los tiempos hacía estas cosas en aquellos entonces… Asistieron 16,528 espectadores con boleto pagado y entre el público estaban y fueron presentados Tommy Burns, Jack Kilraine y Abe Atell.

Ganó Johnson por nocaut en el round 15 de una pelea pactada a 45 y las cosas estuvieron en su lugar, era la diferencia que había entre los dos. Una lástima, porque una auréola de héroe acompañaba a Jeffries desde que había abandonado el boxeo sin perder.

Johnson era una figura enorme. Si usted lo ve en youtube (inclusive esta pelea de que les hablo se puede ver en youtube) por favor piense en esto: muchos me preguntan por qué lo pongo entre los grandes de la historia si era un boxeo tan distinto, mecánico, rudimentario para los ojos de un observador de hoy… bueno yo contesto que todos los grandes historiadores lo han colocado entre los mejores, arrastrando desde hace un siglo el respeto que se le tiene. Y si estuviersamos equivocados, vamos a ver qué le parecen a usted estas palabras de Jim Jeffries que mostró una gallardía única al declarar a una cronista en viaje de regreso a California después de la pelea: “En mi apogeo tampoco hubiera podido castigar a Jack Johnson, no, no, ni en mil años hubiera podido alcanzarlo, es demasiado bueno”.

Esto que les digo me lo contó Steve Farhood, que es uno de los respetables historiadores de este tiempo, y segurmente hace 100 años fue una dura lección para Jack London, el gran escritor, que había sido el principal promotor del regreso de Jeffries a quien había dicho muchas veces “Vístete de boxeador, sube al ring y borra de la cara de Jack Johnson la sonrisa que tiene siempre encendida el negro”.

De muchas maneras comenzaba a vivir esa frase tan boxística que dice “Nunca se vuelve”, y que casi siempre es verdad. Le cuesta a los boxeadores volver, le cuesta a los hombres volver a ser los de “aquellos días de esplendor en la hierba –como dijo el poeta–, de la gloria en las flores –como dijo también–”. La vida pasa.

MVS RADIO
SÁBADO 9 de julio 2011
102.5 FM   15:00 HORAS

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Publicado 10th ene 2012
Publicado por Lamazon

 

En Tuxtla Gutiérrez tuve una larga conversación con IGNACIO BERISTÁIN. El encuentro fue casual, por lo que no lo grabé, pero rescato algunas frases e ideas valiosas de uno de los grandes entrenadores históricos de boxeadores en México.

 

Dijo Nacho:

 “Tengo problemas para darle la lista de los mejores boxeadores mexicanos porque se encabronan cuando dicen que pongo muy abajo a Salvador Sánchez, pero para mi no tuvo mucha oposición”.

 “A dos peleadores mexicanos no les ha hecho justicia la revolución: Vicente Saldivar y Gilberto Román”.

 “El mejor peleador que ha dado México es Julio César Chávez y ya déjense de pendejadas, no habrá otro como él”.

 

 “A Freddie Roach lo respeto, es una maravilla, trabaja y trabaja, se ha esforzado mucho, y el Chino no le pagará nunca todo lo que ha hecho por él”.

 “El Chino era un gato borracho, arañaba en lugar de pegar, y Roach le educó los golpes, lo puso en otro nivel”.

 “Amilcar Brusa es otra cosa como maestro, se cuece aparte”.

 “Márquez no le ha podido ganar bien a Pacquiao porque no lo respeta… El cabrón le habla de cerca y le dice ‘ven que te voy a romper la madre’, y yo le digo ‘Estás mal, Juan Manuel’”.

 

 “Al Chiquita González lo llevé a pelear y ganarle 24 rounds a Carbajal de la única forma que podía ganarle, boxeándolo, sin embargo el Dr. Morales me agarró de bajada, dos años no me dejó en paz diciendo ‘el boxeo conservador y sacatón de Beristáin’”.

 “Las mujeres no noquean porque no pegan, su configuración anatómica las hace diferentes”.

 “Márquez va a llegar en 139 libras (63,050 Kg) a la pelea con Pacquiao”.

“Qué bien lo veo a Chávez, recuperado, me alegra que ya no dice pendejadas por televisión”.

 “Yo les enseño defensa pero al boxeador mexicano le cuesta aprender a defenderse”.

 “Los pendencieros de la calle no sirven en el ring”.

 “Dicen que Arizmendi era muy bueno pero yo no lo vi pelear”.

 “No es cierto que Kid Azteca sea el boxeador mexicano con más peleas, el padre de Zaragoza hizo 400″.

 “Argentina es de los países más boxísticos que conozco. Hay boxeo en cada pueblo y en cada ciudad, y tienen cantidad de programas de box en la televisión y hay revistas de boxeo que aquí no hay. Tienen la mitad de campeones que México pero también tienen menos de la mitad de población.”

 “De cuando fui a Salta con Román recuerdo al promotor el Gordo Herrera, que era un hijo de la chingada pero era muy simpático, te abrazaba y te decía te quiero mucho che”.

 “En Salta nos pagaban la bolsa en billetes de 20 dólares, yo no sé por qué pero eso me parecía sospechoso”.

 “Qué Monzón ni qué Galíndez, el mejor boxeador argentino que yo he visto es el Maravilla Martínez, peleadorazo, pero los pendejos no se dan cuenta”.

 “Manuel Ortiz era más mexicano que nadie y uno de los mejores peleadores que hubiera dado México”.

 “Me gusta hablar con usted, señor Lamazón, porque sabe un chingo de boxeo”.

 Agosto de 2011

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Publicado 27th dic 2011
Publicado por Lamazon

                             Por  Eduardo Lamazón

 

    Se cumplen en estos días 137 años del nacimiento de uno de los más grandes peleadores de la historia, el estadounidense Joe Gans, de Baltimore, que entre 1891 y 1909 hizo 160 peleas profesionales comprobables, y otras muchas que jamás se registraron. Fue campeón mundial de peso ligero, título que obtuvo de Frank Erne por nocaut en un round y retuvo contra Battling Nelson en cuarenta y dos rounds. Empató en veinte rounds con Joe Walcott disputando la corona de peso welter.

 

 Una vez, en 1901, peleó con tres rivales la misma noche.

    Herb Goldman, el más grande historiador vivo, dice de él “Joe Gans fue el más fabuloso libra por libra anterior a la Primera Guerra Mundial”, y Nat Fleischer lo ubicaba en sus años como el más grande peso ligero de todos los tiempos. Ha pasado un siglo y sigue conformando la élite. Roberto Durán, Benny Leonard y Joe Gans, sí ¡esos son los tres mejores pesos ligero que ha habido!

    Joe fue un estudioso del boxeo, que llegó a diseccionar los estilos y movimientos de hombres como Bob Fitzsimmons, el británico-neocelandés, y George Dixon, el primer campeón mundial negro; y elaboró teorías para vencer a sus rivales. Gans opinó al final del siglo 19 que los golpes rectos eran el arma más poderosa que alguien podía esgrimir sobre un ring de boxeo.

    Su noche más grande fue cuando peleó contra Battling Nelson, el 3 de septiembre de 1906, en la que fue también la pelea más relevante de aquel año. Tex Rickard, el mítico promotor, se puso a sí mismo en el mapa del boxeo al organizar el choque en la muy acaudalada localidad de Goldfield, Nevada. Por razones que aquí no hay espacio para explicar, Gans estaba muy necesitado de dinero, y a último momento tuvo que aceptar entregar veintitrés mil de los treinta y cuatro mil dólares de su bolsa (la mayor de su carrera, más de dos millones de dólares de hoy) a su retador. Aceptó también pesarse tres veces el día del combate, ya que el equipo de Nelson sabía que el peso era un problema para Joe y no dejó artimaña en el olvido procurando sacar ventajas.


 

    Gans había entrenado con rigor, dejando de comer hasta lo imprescindible, y permitió que su cuerpo se secara hasta los huesos, todo lo cual no fue impedimento para que a contrapelo de la adversidad se exhibiera como el más fuerte en el ring. Peleó cuarenta y dos rounds (a ver si toman nota algunos muchachos de hoy que no quieren dar dos kilos de ventaja) y le ganó por cansancio a Battling, que a esa altura de las cosas tomó el camino fácil y cometió una falta deliberada para ser descalificado.

    Diecinueve veces peleó a veinte rounds o más. Terminó su carrera peleando como peso gallo, a causa de la tuberculosis. Murió el 10 de agosto de 1910. Su tumba está a un lado de la carretera 101 en Maryland, con una leyenda que sólo reza “Gans”.

    Hombres de acero, injustamente olvidados. A Joe Gans usted lo puede ver en youtube. Encontrará ahí algunas películas oxidadas de sus viejas peleas. Es como hallar un tesoro.

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Publicado 24th dic 2011
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      Por  Eduardo Lamazón

 

    Agonizar en Navidad y morir en Año Nuevo…  

   Hace más de 91 años Billy Miske peleó con Jack Dempsey y recibió la paliza de su vida, en 1920, en Michigan.

    ¿Quién era Billy Miske y por qué viene al caso rememorarlo hoy? ¡Tantos años han pasado! ¡Asunto tan inveterado!

    Les voy a contar una historia conmovedora alrededor de uno que fue conocido entre los más valientes y osados que se hayan parado dentro de un ring.

 

   Billy Miske, “el trueno de Saint Paul”, había nacido en esa ciudad de Minesota el 12 de abril de 1894, y había debutado como profesional en 1913. A lo largo de once años hizo una buena carrera como boxeador con 58 peleas, sólo tres de las cuales fueron derrotas. Empezó como peso medio y terminó como peso completo de poco tamaño físico. Fue un “underappreciated”, como se les dice en inglés a los subestimados, a los que valen más que el reconocimiento que han recibido.

    Sus años fueron los años más duros del boxeo, cuando se peleaba sin descanso y las mismas peleas eran el entrenamiento. En 1917 y 1918 Miske hizo 29 peleas ¡29 en dos años!, que es asombroso hoy que algunos no hacen 29 peleas en toda su carrera. Dos de esas peleas fueron con Harry Greb, “el Molino de Pittsburg”, uno de los más endemoniados y crueles rivales que podía tener cualquiera. Esos combates se recuerdan como más duros que vivir en el infierno, y de posible ejecución sólo porque los protagonistas eran dos hombres arriesgados hasta la insensatez.

    En plena y exitosa carrera Miske enfermó gravemente de los riñones, con diagnóstico de la enfermedad de Bright, lo que para la medicina de estos días es una nefritis degenerativa, no obstante lo cual siguió peleando, ocultando hasta donde pudo sus padecimientos a su familia. Él era el sostén de su hogar y el dinero necesario sólo podía venir del boxeo.

    Después de Dempsey, de esa derrota con quien fue posiblemente el mejor peso completo de la historia, Miske ya enfermo decidió ignorar la dolencia que iba a matarlo. Hizo veintitrés peleas en tres años y sólo perdió una. A finales de 1923 su situación era crítica cuando programó una pelea con Billy Brennan. Los médicos dijeron “no puede pelear, debe estar hospitalizado porque se está muriendo”, pero Billy consiguió que los comisionados de Omaha, Nebraska, le concedieran una dispensa para combatir porque –dijo—“quiero darle a mi mujer y a mis hijos una Navidad como Dios manda”.

    Peleó el 7 de noviembre y ganó la pelea noqueando a Billy Brennan en el cuarto round. En el tercero lo sacó del ring con una seguidilla de golpes. Ganó la pelea y perdió la vida. Miske no tenía más riñones, y sin riñones no se puede vivir. Cincuenta y cuatro días más tarde, en los primeros minutos del 1 de enero de 1925, cuando repicaban las campanas anunciando el Año Nuevo, Billy Miske moría a los 29 años de edad.

    Nadie lo recuerda, nadie se rinde ya en homenaje a este guerrero apoteósico y ejemplar. ¡Murió por los que amaba! ¡Les regaló aquella Navidad!

    Están los hombres que no cambian nunca nada, y están los que modifican el mundo con cada acción. Los seres pequeños sólo tienen ganas. Los grandes hombres tienen voluntad. Estoy seguro que entiende usted la diferencia.

 

 

 

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Publicado 22nd dic 2011
Publicado por Lamazon

                         Por  Eduardo Lamazón

 

No fue en 1963, fue en 1908.

El ring de boxeo tuvo tres cuerdas durante cien años. Son los años del boxeo organizado, porque antes hubo rings de dos cuerdas, de una y de ninguna, cuando el combate era en un espacio imaginario, o pintado en el piso. Hoy esto es algo inaudito para muchos jóvenes que nacieron con el ring de cuatro cuerdas y para ellos simplemente siempre fue así.

En efecto, el uso generalizado de las cuatro cuerdas es de fines de los años setenta y principios de los ochenta del siglo pasado, aunque muchos han encontrado y creen que se utilizaron por primera vez en la pelea que Emile Griffith y Luis Manuel Rodríguez sostuvieron en 1963 en el Madison Square Garden. Este dato es erróneo, pero a lo largo de las últimas dos décadas lo he visto publicado como verdadero en varias ocasiones, inclusive en páginas serias y por comentaristas respetables.

Para mí la primera pelea con cuatro cuerdas limitando el ring se celebró el 26 de diciembre de 1908, en Sidney, Australia, cuando Jack Johnson despedazó en 14 rounds al canadiense Tommy Burns (1.70 de estatura Burns, el campeón Heavy más chaparro de la historia) por el campeonato mundial de peso completo. Digo “para mí” porque la investigación y la búsqueda de los secretos que esconden los viejos tiempos es interminable, y no puedo jurar sobre la Biblia que es imposible que me corrijan. En esta pelea de Johnson-Burns está documentado que un crítico, irónico, escribió que pusieron tantas cuerdas para evitar que Tommy Burns huyera despavorido al ver subir al ring a Jack Johnson, porque era bien sabido que Johnson había corrido detrás de Burns por años, en cien ciudades, para que éste aceptara pelear…

Si esto les parece interesante, hay todavía algo más. Existe el video de la pelea de hace 103 años en Australia, y tiene una calidad que parece filmado con cámaras de estos días. Véanlo, a continuación!

 

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EDUARDO LAMAZÓN Periodista. Nacido en Buenos Aires, Argentina, en 1955. Ciudadano mexicano desde 1991. Actualmete comentarista de boxeo en Televisión Azteca, de México, MVS Radio y diario OVACIONES.

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