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Publicado 23rd ene 2013 Publicado por Lamazon |
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Opinión de
DR. MIGUEL ÁNGEL MANCERA, P R E S E N T E Usted y yo no tuvimos un buen primer comienzo… tampoco un segundo ni un tercero. Todo quedó en la primera (mala) impresión que hube de tener sobre su persona, tal vez porque mi campo no le era afín, y el suyo a mí de igual manera. Si no tiene en mente a qué me refiero, permítame, antes de entrar de lleno al tema por el que le escribo públicamente, recordarle que casi como primer acto de autoridad, al tomar las riendas de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal (PGJDF), su anterior desempeño oficial, borró del mapa a 26 perros de élite que durante la administración inmediata anterior a la de Usted habían sido cuidadosamente seleccionados, adquiridos y adiestrados especialmente para detectar droga, dinero, explosivos, cadáveres, aprehender sospechosos de forma segura e incluso, preparados también para intervenir como herramienta tranquilizadora en casos de secuestro, lo que me conmovió hasta el tuétano. Recuerdo perfecto hasta los collares, diseñados específicamente para abordar, junto a su policía-manejador, esta última situación. Fue harto emocionante ver trabajar a los binomios humano-animal tan alegres, dispuestos, integrados, y a los perros sentirlos tan queridos, bien cuidados y felices, así como saberlos resguardados apropiadamente y en instalaciones im pe ca bles, que fácil se le hizo a Usted desaparecer y por lo que… le soy sincera… me cayó en la puritita punta de la nariz, pues además el cambio obró a favor de colocar… ¡claro!… un gimnasio, dado que curiosamente los aventajados alumnos del instituto de formación profesional vecino, dentro del mismo terreno, al campo de entrenamiento para la Brigada K9, en vez de solicitarle apoyos para mejorar su instrucción o salarios, procedieron a quejarse de que los perros apestaban y ¡chanfle!, que los larga Usted a la Secretaría de Seguridad Pública donde les perdí la huella. Dado lo anterior, me quedé con la impresión de que a Usted, los perros, ni en fotografía, y por ello intuyo que no debe estarla pasando nada bien con el asunto de los canes ¿iztapalapenses?, a los que ya de manera empecinada se trata de culpar de los muy lamentables crímenes del Cerro de la Estrella, siendo hasta la fecha un total de 65 los canes asegurados, por los 8 más (dos hembras adultas y un macho y dos hembras cachorros) que contra lo ofrecido y por lo tanto subrepticiamente capturados por autoridad no competente, fueron retenidos para sumarlos a los tristemente célebres primeros 57, alterando con tales acciones un entorno que bien y pacientemente investigado pudo permitir dar con los verdaderos responsables. Persona o animal o personas y animales. Hoy eso ya no es posible, principalmente dadas las mentiras e invenciones que sobre el caso se han cansado de emitir desde la procu, que ahora estudia como presuntos culpables a unos ¡perros-lobo con genes de dingo australiano! Y es que así como no se puede negar que hubo acción depredadora de fauna sobre los cuerpos de las víctimas, tampoco podrá acreditarse cuál o cuántos de esos perros retenidos fueron los que causaron las muertes y cómo. Eso jamás se dará y lo sabe Usted muy bien. Por ello, y escribiendo esta colaboración al tiempo en el que todavía no se conoce la liberación de todos los animales adultos y la de los cachorros producto de la tercera redada, le solicito tenga a bien girar sus instrucciones para que ello proceda inmediatamente, así como para que no se sigan rompiendo las reglas, en este caso a nivel legislación, ya que incluso, mantener a los perros como están, esa simple acción, está sancionada por la Ley de Protección a los Animales del Distrito Federal. Ya enfermaron algunos cachorros y se dio la muerte de uno de los afectados. Y luego… eso de la “adopción” ciudadana… ¡qué decirle!… además de ilegal, ¡qué riesgo!… cuando bien se sabe que un animal que entra a los hogares por la vía meramente emocional puede no tener buen fin. Lo peor es que son situaciones que se reflejan hasta que los animales se desarrollan y no satisfacen la expectativa de los adoptantes, siendo entonces echados a la calle cuando bien les va, porque muchas veces suelen ser remitidos al rastro de perros que son los antirrábicos. Y peor les irá todavía si el problema es de conducta. ¿Qué hay acuerdo para que las protectoras hagan el seguimiento?… pues lo habrá, pero no son autoridad, ni la mayoría de veces cuentan con los recursos y tiempo para hacerlo por los años que se requiere. De ahí que la ley determine la intermediación de una organización de protección animal legalmente establecida, con infraestructura, recursos suficientes, y registrada en el Padrón que para lo correspondiente mantiene la Secretaría de Medio Ambiente, a la que por cierto se le forzó a tener una participación fuera de competencia. ¿Qué fue mejor para los perros?… quizás sí… pero las normas oficiales mexicanas de la materia y específicamente la legislación local de protección a los animales le determinan otra cosa. Y la ley es la ley. No debe interpretarse a conveniencia, porque así como en este caso favorece los intereses de cierta parte del sector de la protección animal, para otra ocasión pudiera aplicarse en contra… ¿Qué para lo de la conducta hay académicos analizando a los animales para determinar su grado de sociabilidad y marcarles así el destino?… le voy mucho más a la habilidad y experiencia de cualquier protector (a) que a diario está en el frente de batalla, pues estudiarlos cuando han sido violentamente extraídos de su entorno y mantenidos en condiciones infames, es un hecho que alterará la información y le anticipo que lo más triste se dará, cuando los medios de comunicación bajen la guardia sobre el caso y los perros pasen al olvido. ¿Sabe usted cuando saldrán en adopción ciudadana los adultos?… ¡nunca!… Incluso será difícil colocarlos en una asociación, por cuanto son contadas las que tienen refugio y menos sin saturar. Es por ello que ante tamaña injusticia y torpeza su gobierno tendrá la responsabilidad de mantenerlos, y en lugares adecuados, hasta encontrarles buen destino, máxime, si es cierto lo que me dijeron que dijo… que salgan como salgan los resultados de la investigación, ningún perro será sacrificado. ¿Entonces? Libérelos ya por caridad y a lo que sigue. Termino compartiéndole dos frases que pudieran provocar su respuesta positiva a esta carta. Ambas son parte de un magnífico texto de Arturo Pérez Reverte, que trata de manera cruda y puntual la responsabilidad que significa incluir un canito en nuestras vidas. La primera cita que a menudo un perro acaba haciéndote buena persona, y me impactó más que nada por lo fácilmente comprobable de la cita, que lo mismo puede aplicarse en caso contrario. La segunda cita a la letra que un perro en el lugar inadecuado puede volverse un drama. Una incomodidad para ti y los tuyos. Y una tragedia para él, y como supondrá, me resultó aterradora al tratarse de la triste realidad que justo estamos viviendo. Ahí se las dejo… Saludos Marielena Hoyo Bastien producciones-serengueti@yahoo.com
publicado en el diario Crónica de México el 23 de enero de 2013 |

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Publicado 9th ene 2013 Publicado por Lamazon |
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Opinión de
Antes de entrarle de lleno al penoso asunto con el que me veo obligada a iniciar mis colaboraciones de este 2013 para La Crónica, siento la necesidad de manifestar sentidamente que éste, ha sido el intento de más difícil y complicado que me haya tocado abordar durante los 34 años que llevo dedicada a la divulgación y protección de la vida no humana, sencillamente por tratarse de un caso que por atípico fue velozmente mitificado y mediatizado (incluyendo bárbaras, ignorantes y furibundas afirmaciones de algunos comunicadores que yo pensaba serios y profesionales) y ahora, para colmo, politizado, provocando con ello que tuviera una ultrarrápida investigación, presión extrema, hasta lograr arrancarle una conclusión prematura, por cuanto involucró la feroz muerte de 4 seres humanos (tres de ellos de edad) presuntamente a de mordeduras y desgarres de una “jauría”, como insisten en así referir, equivocadamente, a todo grupo de asilvestrados o ferales y también a los abandonados que procuran hacer grupos familiares en áreas naturales o en las boscosas que todavía quedan en esta inmensa , y que no por ello se convierten en una seria amenaza como han sido descritos los animales localizados en el Cerro de la Estrella (Iztapalapa) a los que se les achaca, sin certeza e indiscriminadamente, haber provocado la muerte de las personas a las que por naturaleza un ejemplar del tipo rechazará contactar. ¿Qué fue por hambre la agresión?… lo pongo totalmente en duda, partiendo de que mucho más fácil, , sabrosa y accesible la tienen estos animales con la cantidad de roedores y otros mamíferos, aves y reptiles que como atractivo menú abundan de manera silvestre en la reserva ecológica citada o en los alrededores domésticos de la misma. Ahora bien… De que los perros pueden morder y hasta llegar a matar no hay duda. Hay quienes los adiestran incluso para ser violentos, pero normalmente, si agreden sin una precisa instrucción es siempre por un motivo. No son seres que vayan por ahí viendo a quien dañan o que queden tentados ante la primera sangre digerida, como alguien aseguró. Eso es sólo privilegio humano. Asimismo, de que según las investigaciones, las lesiones encontradas en los cuerpos de los occisos corresponden únicamente a patrones de mordida caninos también pudiera ser y de hecho parece que quedó demostrado con evidencia, pero incluso pudo darse la circunstancia cuando ya en calidad de cadáver, los cuerpos hubieran sido afectados por algunos perros como simple respuesta a su curiosidad, no siendo necesariamente ESOS animales los que hubieran producido la agresión mortal, que por cierto lleva en sí una omisión policiaca y judicial, partiendo de que el segundo caso nunca debió haber sucedido si estas áreas hubieran hecho debidamente lo suyo, desde el 29 de diciembre en que se dio el primer caso. Por otra parte, al menos durante la conferencia de medios de ayer por la tarde, no quedó acreditado fehacientemente que las lesiones detectadas en los occisos correspondieran exactamente al patrón de mordida de por lo menos alguno de los perros recluidos como presuntos criminales. Los peritos hablaron, sí, de cómo es la mordida de un perro y sobre la presión que puede ejercer, más sin especificar la talla del animal con respecto a esta referencia, más no se discutió la posibilidad de que hubiera podido tratarse de otra especie de cánido o del uso de algún animal mal adiestrado. No se mostró tampoco la grabación telefónica donde la adolescente reportaba la agresión y tampoco hubo explicación que explicara la indefensión de los afectados, y sin embargo, procedió la redada sobre esas 25 criaturas a las que se les capturó abusiva e indiscriminadamente (si no es que hasta ilegalmente y fuera de competencia, si nos ponemos ortodoxos), y que a leguas se nota que NO FUERON LOS DIRECTAMENTE RESPONSABLES de las muertes. Basta con verlos. Una imagen dice más que mil palabras, y el lenguaje corporal de los animales es inequívoco. Se trata incluso de perros más bien sociables, aunque sin duda algunos se defendieron durante el operativo para su aprehensión, ¡nada más faltaba que no!, pero, de haberse tratado de las fieras descritas, créaseme, muy mal, requetemal, la hubieran pasado los elementos habilitados como capturadores y peor aún los animales, que de ser los individuos “salvajes” y extremadamente agresivos que nos pintaron, posiblemente ni siquiera hubieran sobrevivido al manejo o mostrarían signos evidentes de fatal estrés, además de aislamiento total, una vez enjaulados. Lejos de ello, los perritos enfocan su vista incluso hacia las cámaras y se muestran dóciles y aparentemente tranquilos y/o resignados al interior de los reducidísimos recintos donde fueron a parar, inexplicablemente, al disponer el gobierno capitalino de dos instalaciones con infraestructura en muchas mejores condiciones que el rastro canino de Iztapalapa, que por ley ya debería estar en camino de funcionar como clínica veterinaria. En fin… Que apuesto doble contra sencillo que por lo que respecta a los animales retenidos estamos ante “presuntos culpables”, que por cierto y a decir de Cecilia Vega, de Fundación Antonio Haghenbeck y de la Lama, IAP -organización de protección animal que supervisa el centro de control canino de Iztapalapa- ya 4 fueron reclamados por sus legítimos propietarios que incluso presentaron el certificado de vacunación antirrábica. O sea… que los ¿expertos? de la Brigada de Vigilancia Animal de la Secretaría de Seguridad Pública descargaron con estos animales la ira que los civiles no les permitimos ejercer contra los perros del Bosque de Chapultepec, yéndose para esta ocasión sin el menor control sobre cuanto can se les atravesó en el camino y por lo que junto a la PGJDF buscarán demostrar, cueste lo que cueste, que los chuchos detenidos, entre los que hay aproximadamente 7 cachorros, fueron los criminales. Conozco de primera mano el caminito de estas personas y por eso siempre quedará la duda. Sólo pido a Dios que mientras son peras o manzanas no se de otro caso similar y que la inquietud que se siente en varias áreas de gobierno que la quieren emprender preventivamente contra los perros abandonados, donde los haya, se convierta mejor en una política pública de responsabilidad hacia el tema, que para nada se resolvería eliminando a los animales. Estaremos pendientes de ello y de que se cumpla fielmente la oferta del Jefe de Gobierno Miguel Ángel Mancera, que pretendiendo hacer un control de daños abrió varias posibilidades conciliatorias, entre ellas, el que el sector de la protección animal no sólo podamos supervisar la estancia de los perros en Iztapalapa, sino para que ampliamente se nos mantenga informados sobre los estudios forenses que se harán a los canes, que de no ser reclamados podrán ser solicitados en adopción por parte de cualquier organización de protección animal legalmente establecida y con capacidad para tenerlos a buen recaudo. Bendigo por ello a quienes ya se manifestaron, ofreciendo seguir con el tema conforme vaya dando, dado que el espacio de este miércoles se me terminó. Un abrazo. Correo electrónico: producciones_serengueti@yahoo.com
publicado en el diario Crónica de México el 09 de enero de 2013 |

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Publicado 11th dic 2011 Publicado por Lamazon |
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LA NACION.com Martes 1 de agosto de 2006 Noticias | Edición impresa | Espectáculos | Nota
NIÑO ANTE UNA ESTATUA Por Esteban Peicovich
No es difícil imaginar por qué falta el toro. Lo del niño ya es asunto de Buñuel o Almodóvar. O de España. El diestro (así llaman a oficiante tan siniestro) goza su instante pavo real. Y como en España el arte de degollar toros se hereda, Manuel Francisco Canales Rivera parece querer iniciar bien temprano a su hijo. Lo echó a la arena. Lo tiene a los pies. Esta fotografía tiene su nacionalidad en el orillo. No puede ser tomada en Chile o en Islandia. Se requiere que debajo de la pringosa arena pisada por padre e hijo se haya asentado un hojaldre de siglos de abundante sangre. Para hacer mártires, armar morcillas y también para forjar la identidad. Esta foto no huele. Pero quien haya estado al borde de un ruedo después de las 5 en punto de la tarde (y sobre todo cuando el artista no acierta con espada ni con puntilla) distinguirá cómo una alfombra roja baja de la res demolida y colorea la arena. También un acre olor. Vaharada salvaje, cruda, que gana la platea y es bien olida, lo quiera o no, por millares de sádicos que ni siquiera saben que lo son. Hace no más de 5 minutos este padre vestido de modo ridículo cumplió su faena (sic) ante un aturdido animal de 600 kilos que unos días atrás vagaba plácido en un cortijo de Cádiz. Lleva dos días en una cajón de madera que, al ser abierto, hará que encare estrépito y terror hacia la salida que sea. No irrumpe con furia asesina como apuntan las guías de turismo: es que sale con la noche más noche en los ojos. Con el miedo más grande. Tanta es la luz que lo recibe de golpe que sólo será negro lo que vea. Furioso, desactivado (pícaros empresarios limaron sus pitones), el animal ingresa en el juego de engaños que el heroico (¿?) torero y sus tres heroicos (¿?) asistentes le han tramado. El disfrazado con flores en la mano y niño en los pies es el matarife estrella. Por él, el animal mugirá de dolor muchas veces, y los musiqueros lo aplaudirán con rabiosos pasodobles. En las gradas, los más entusiastas se alzarán motivados como si ellos mismos fuesen el torero, mientas el niño estará gustando un chupachús, sin saber (como el toro) por qué sube y baja esa ola de estruendos. Sólo cuando del animal hayan chorreado suficientes litros de sangre (a más litros, mayor temeridad del torero), sólo entonces la corrida se pondrá solemne y durante unos minutos reinará un silencio colectivo de velorio. Es el tiempo que necesitará el padre de nuestra fotografía para rematar (sic) la faena (sic). Aquí es cuando el gladiador ibérico alzará su cabeza como si lo estuviera llamando Dios, sonarán los clarines y, en medio de la ovación, volarán boinas, botas de vino y hasta algún zapato de mujer fatal. Un minuto después, los monos sabios de la ortodoxia taurina retirarán a la rastra al toro que acabará en la carnicería de la Casa de Niños Expósitos o en la de la cárcel de Cádiz. Y se armará la escena. El torero cerrará su giro triunfal, el fotógrafo Jorge Zapata de EFE alistará su ojo y el homínido que nunca falta donde bulle la multitud le dirá al niño: “Ve con tu padre” (o “hágase la foto”). Allí espera hasta que su progenitor baje del Olimpo, le acaricia la rodilla de mármol, lo mira, lo llama. Su padre no puede escucharlo porque del cielo rueda como un trueno la palabra matador. Suena fortísimo. El torero no escucha el papá. Son los gajes del oficio. La gloriosa estatua con flores en la mano se mantiene en éxtasis. Necesitará unos momentos más para desactivar el ego, retornar a su condición humana, a su cotidiana identidad, a su papel de padre. En 1975 aún había sacamuelas en Madrid. En 2006, todavía hay toros. España no es Europa: es Goya. Almodóvar alza Oscars por la posmodernidad ibérica, pero estatuas ecuestres de Franco aún agitan a la Península. Ceremonias como ésta, también. Y las llaman la fiesta. |


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Publicado 2nd ago 2011 Publicado por Lamazon |
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Francisco Morales (escritor mexicano) 1. LOS OJOS No conozco tu opinión, pero estoy convencido que los peces se comportan en ocasiones como animales terrestres. Quizá no lo notamos porque sus cuerpos, tan diferentes a los nuestros, se expresan en actitudes que a primera vista no comprendemos, pero para explicarlo mejor, te voy a contar algunas cosas que he observado en el mar. A mí por muchos años me atrajo la pesca submarina. Hay quienes condenan esta actividad porque aducen que estamos acabando con los peces, aunque la pesca comercial con redes o palangres mate indiscriminadamente y en cantidades muy mayores. De cualquier forma, no les falta razón, pero en ese entonces yo atacaba a cuantos peces se pusieran a mi alcance. Con el paso del tiempo mis ansias fueron menguando y quedaron en la búsqueda ocasional de algún pescadillo, hasta que finalmente un día me hice la promesa de no sacar nada más del mar y mandé mis arpones al armario de los cachivaches. Recuerdo que cuando clavas un pez te envuelve una nube de sangre verde, cambiada de su color por la absorción cromática. El animal se revuelve y se contorsiona con una fuerza desproporcionada a su tamaño. A veces logra zafarse a base de giros o tallándose contra las rocas y esto sucede cuando no lleva el arpón en la carne dura. En otras ocasiones huye desgarrado, para morir en aguas más profundas o en el refugio de una cueva. Si el pez herido está encuevado, con frecuencia podrás ver algo insólito: que otros peces, aunque no sean de su especie, tratarán de proteger a la víctima interponiendo sus cuerpos frente al arpón, o nadando veloces en zigzag ante a tus ojos para distraerte. Hay peces mayores que viajan grandes distancias en pequeños grupos. Los coronados o esmedregales (sus nombres cambian con las regiones) tienen tanta fuerza que te llevan tras ellos hasta donde dan sus fuerzas, y en tanto cobras la línea, aparece otro esmedregal, su pareja me imagino, que en vez de huir del peligro, trata de ayudar al compañero empujándolo con su cuerpo, de lo cual se aprovechan otros pescadores para cobrar la pieza adicional. Habrá quien opine que lo anterior se debe a movimientos reflejos de los peces, pero si te fijas en sus ojos, podrás entender mejor lo que sienten estos animales. Los ojos, dicen, son el espejo del alma y sus expresiones son elocuentes. Los de un pescado, dirías, son inexpresivos, pues giran independientes uno del otro y lucen iguales en un acuario o en la mesa con hielo del supermercado. Pero siempre que veas fotografías donde hay muerte en proceso, fíjate en los ojos Si observas las fotos de pescados atrapados, o en proceso de ser devorados por otros, verás sus ojos desorbitados, implorantes, llenos de espanto y desesperación. Y la misma angustia la podrás apreciar en retratos de otros animales: cebras alcanzadas por leonas, monos devorados por boas o focas apaleadas por humanos. Los peces deben tener también olor a miedo. Este olor, sabes, emana de los animales aterrorizados. Se puede percibir en las jaulas de perros que viajaron con la carga de un avión, en las clínicas de los veterinarios y por supuesto, en los laboratorios que experimentan con tejidos vivos. Dicen que también huele a miedo en los cuartos secretos que las policías usan para interrogatorios, como debe haber olido a miedo en las cámaras de gases donde murieron tantos inocentes. Pero te estaba platicando de las cosas que he observado en el mar…
2. LA CHERNA El tiempo estaba malo y habíamos salido en yate rumbo a un bajo llamado Arrowsmith al NNE de Cozumel. A corta distancia la lluvia apretó y el capitán decidió regresar al no poder marcar su rumbo con la referencia del faro de Molas. Cerca del puerto mis amigos decidieron bucear en un arrecife no muy grande en donde generalmente hay muchas barracudas. Yo había decidido quedarme a bordo pues estaba seguro que no habría nada especial, pero a insistencia de ellos, decidí unirme al último momento. Justo al romper el espejo del agua vi al animal: una cherna de buen tamaño fuera de la protección del arrecife. Cargué mi arbalete y llamé la atención de mi amigo Pepe, quien descendía no muy lejos de mí. La cherna aparentemente nunca había visto buzos ni sabía la amenaza que tenía encima. En el momento que toqué fondo a unos quince metros de la superficie, me cargó con su gran cuerpo, sin duda para tratar de alejarme de su territorio. Casi al tocarme, viró hacia arriba y me pasó por encima presentándome sus partes blandas. No disparé. Había grandes posibilidades de que el animal se desgarrara o rompiera mi línea. No me gustaban esas alternativas. A continuación se fue sobre Pepe y él le tiró al costado, buscando la línea nerviosa, pero con un estremecimiento casi imperceptible la cherna rompió la punta de acero del arpón y huyó dejando un rastro verde que denotaba su herida. Por un instante sentí rabia, pues me hubiera gustado que, quien hubiera soltado el arponzazo, lo hubiera dado en su frente, entre los ojos, para de matar de un solo tiro al gran pez, más al ver la sangre se despertó mi instinto de cazador y me lancé tras la cherna. ¡Había que rematarla! Nuestro otro amigo dejó una enorme langosta que acababa de coger y también se dirigió a toda prisa hacia la cueva donde la cherna se había refugiado. Apuntó su tiro muy cerca de la cabeza. En un segundo, el animal le deshizo la pistola, reventó la línea y dobló la varilla. Luego fui yo. Me acerqué y a boca de jarro le disparé al ojo derecho buscando el cerebro. Se quedó quieta y creí haberla matado, pero seguidamente huyó de nuevo arrastrándonos a dos, doblando mi varilla en ele y en breve, reventando la línea. Mis compañeros continuaron la persecución, y yo ascendí para pedirle al capitán otra pistola. Por suerte traíamos una especialmente arreglada para pesca mayor, con punta desplegable y cable de 300 kilos. Rápidamente me la alcanzaron y me reuní con mis dos amigos para asestar un último lanzazo que retuvo a la cherna mientras ellos la remataban. Pesaba 142 kilos. Hubo festejo, muchas fotos y plática larga amenizada con tragos, para celebrar la captura. Más tarde pensé que la cherna nunca tuvo posibilidades de escapar debido a su inocencia, a nuestros equipos de respiración y a los arpones. También hubiéramos podido llevar una punta explosiva… muerte instantánea pero mucha menos diversión para nosotros. Cosas de la pesca.
3. EL DORADO De las cañas colocadas en la popa del yate de pesca deportiva se extendían siete gruesos filamentos con sus respectivos anzuelos, carnadas y señuelos. Bajo el agua, al igual que en tierra, los animales viven en continua búsqueda de alimento, y el ingenio del hombre ha trasformado las artes de pesca, en engaños que a los ojos de los peces se mimetizan en presas fáciles y apetitosas. En aquella ocasión no pasó mucho tiempo antes que uno de los carretes anunciara con su agudo chirrido, la mordida de un pez. El marinero se apresuró a recoger la caña, dando un fuerte tirón para asegurar la presa, y la entregó a una señorita provista de cinturón y acomodada en la silla de pesca. El animal tiraba fuerte y uniforme. La chica comenzó a forcejear mientras el marinero recogía a toda prisa el resto de las cañas. ¡Es un dorado, y grande!… no jale la caña bruscamente… álcela con suavidad y al bajarla, enrolle… no deje de enrollar, ¡aguántelo¡…¡atención, se está cruzando!… capitán, la reversa ahora… siga… siga… Todos nos mantuvimos atentos hasta que vislumbramos la silueta del pez que nadaba en diagonal para oponer el plano de su cuerpo a la línea inexorable que poco a poco lo acercaba al barco. El hermoso animal, mayor de cuatro pies, luchaba con todas sus fuerzas para liberarse. De pronto, en un esfuerzo desesperado, dio un gran salto chicoteando su cuerpo en el aire, pero el filamento resistió. ¡Es suyo, es suyo, señorita!… En el salto a veces se sueltan, pero este está bien prendido… El dorado, exhausto se acercó a la popa y debe haber visto algo largo, con un gancho afilado, tenderse hacia él. Con un coletazo lo pudo evadir y alejarse un poco, pero la línea lo seguía jalando… jalando. El segundo intento del marinero tuvo éxito: le clavó el garfio en el cuerpo y de un tirón lo alzó hasta una caja cuya pesada tapa cayó de inmediato tras el dorado. ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! Los coletazos se sucedieron rápidos y con tal fuerza que todo el barco parecía temblar. Cuatro o cinco golpes bien asestados con un pesado garrote bastaron para cerrar el episodio. Aplausos… bravo, que bien lo hiciste… ¡como una campeona! El marinero sonriente le daba masaje en el cansado brazo. Muéstremelo por favor… es el primer pescado que saco en mi vida. Abrió la tapa y vimos al dorado, uno de los peces más bellos por su forma y sus colores como arco iris. Pobre. Su sangre cubría la caja y su inmovilidad lo había trasformado en un objeto. En poco tiempo cambiaría aún más, pues sería cortado, preparado y colocado en platos para saciar con su deliciosa carne el apetito de algunos afortunados. Comprendo que para vivir, necesitamos matar, o que alguien por nosotros mate. Pero me pregunto qué hay de deportivo en el tormento de seres que se enfrentan a la inteligencia de capitanes y marineros especializados, a bordo de veloces yates, pletóricos de equipos para detectar y capturar selectivamente, en la forma mas lenta posible a los animales que mayor resistencia puedan ofrecer a las personas que pagan el lujo de sentarse en la silla de pelea para sacar sus presas y luego regresar al aire acondicionado y gozar de una, o varias bien ganadas cervezas. Tampoco entiendo porqué les dicen pescadores deportivos y les dan trofeos. |



















