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Publicado 20th dic 2012
Publicado por Lamazon

                      Por Eduardo Lamazón

 

 

   Doy a conocer a continuación mi lista de los mejores boxeadores mexicanos de todos los tiempos. Numeré 44. En orden de importancia. Es mi lista. Opinen abajo, pongan la suya. Seguramente habrá buenos aportes.

 

 

LA LISTA

 

1. Julio César Chávez

2. Rubén Olivares

3. Baby Arizmendi

4. Juan Manuel Márquez

5. Oscar de la Hoya

6. Erik Morales

7. Marco Antonio Barrera

8. Sal Sánchez

9. Miguel Canto

10. Mantequilla Nápoles

11. Chiquita González

12. Carlos Zárate

13  Ricardo López

14. Gilberto Román

15. Alfonso Zamora

16. Ultiminio Ramos

17. Lupe Pintor

18. Vicente Saldivar

19. José Medel

20. Rafael Herrera

21. Alacrán Torres

22. José Luis Ramírez

23. Juan Zurita

24. Chucho Castillo

25. Miguel Angel González

26. Maromero Páez

27. José Luis Castillo

28. Fernando Montiel

29. Daniel Zaragoza

30. Travieso Arce

31. José Becerra

32. Ratón Macías

33.  Antonio Margarito

34. Chango Casanova 

35.  Pipino Cuevas

36. Carlos Palomino

37. Bazooka Limon

38. Kid Azteca

39. Zorrita Soto

40. Rodolfo Martínez

41. Israel Vázquez

42. Rafael Márquez

43 Guty Espadas Sr

44. Jíbaro Pérez

 

 

ATENCIÓN

LISTA ACTUALIZADA AL 21 DE DICIEMBRE DE 2012

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Publicado 10th dic 2012
Publicado por Lamazon

                       Por  Eduardo Lamazón

   Cierta vez un cronista le preguntó a Sam Langford, el formidable peso completo de Boston, si no temía por la decisión que pudiera dar el réferi que había sido nombrado para una de sus peleas (entonces no había jueces y era el réferi el que señalaba quién había ganado), a lo que mostrando sus puños amenazantes respondió: “Éstos son el réferi de la pelea”. No en vano el portentoso negro que entre otras cosas fue campeón mexicano de peso pesado, noqueó a 127 oponentes o más en su larga carrera. Si esto no hubiera sucedido en 1923 bien podríamos decir que sucedió el sábado pasado en Las Vegas.

 

   Juan Manuel Márquez provocó un terremoto en el devenir del boxeo al despachar en seis rounds a Manny Pacquiao, en una de esas hazañas que aun presenciándolas son difíciles de creer. Hizo justicia por propia mano con una venganza colosal y arrebató –ahora sí, sin contemplaciones—lo que le habían negado a la mala. Pulverizó las dudas, suprimió los cruces de opiniones, dejó todo claro, es el mejor de los dos.

 

   Se trata de una victoria tan importante y señera que se anota entre las epopeyas de nuestro boxeo como la que el Ratón Macías obtuvo a expensas de Chamroen Songkitrat en 1955, la de Rubén Olivares sobre Lionel Rose en 1969, la del Alacrán Torres sobre Chartchai Chionoi el mismo año, la de Salvador Sánchez sobre Wilfredo Gómez en 1981 o la de Julio César Chávez sobre Meldrick Taylor en 1990.

 Manny Pacquiao Interview After Marquez 4 Fight

   Por mi parte ratifico lo que sostengo siempre: no hay pronósticos en el boxeo. Sólo sirven para que los llamados expertos se pavoneen cuando por azar atinan un resultado, y se justifiquen cuando no. Nadie sabe cómo van a terminar las peleas, especialmente las peleas grandes. O, dicho de otra manera, son tantas las veces en que presenciamos resultados insólitos que los presupuestos lógicos poco funcionan.

 

   Márquez, efectivamente, ganó con el resultado menos previsible. La revista The Ring hizo una encuesta previa que establecía: Pacquiao por nocaut (40.7 %), Pacquiao por decisión cerrada (14.2), Márquez por decisión cerrada (14.1), Pacquiao por decisión amplia (10), Márquez por decisión amplia (9.4), Márquez por nocaut (7) y empate (4.7). Ustedes dirán, en qué ayudan los pronósticos.

 

  Juan Manuel tuvo la osadía de quemar las naves, de jugarse a todo o nada, de apostar el resto de su capital a la veleidosa ruleta de lo desconocido. Una locura, pero le salió bien.

 

   Poco antes del desenlace atroz yo gritaba en la transmisión que Márquez se suicidaba, que se exponía sin necesidad, que trabajaba para Pacquiao, que estaba a casi nada de ser sacado de la pelea. No dije nada incorrecto. Mi comentario era obligado de acuerdo con los cánones establecidos, observados y santificados en doscientos años de boxeo. O, qué carambas, ¿alguien cree que podemos saber lo que va a suceder un segundo después de que decimos lo que decimos? Los comentaristas, si servimos para algo, es para ir guiando a los espectadores sobre cómo se mueven las variables en una pelea. Trabajamos con los elementos que nos da el historial de cada uno. La consigna es observar todo siempre, adivinar nunca.

 

   Así las cosas en la pelea, en esos momentos definitivos, sabíamos que Juan Manuel era el más vulnerable de los dos, que Pacquiao buscaba el roce y el intercambio para poder pelear de cerca y desarticular la defensa de Márquez, hacerlo accesible, poder llegar a un blanco que de otra manera le quedaba lejos.

 

   Pero Juan Manuel estaba y se sentía más fuerte que nunca, y se lo permitió, se dio el gusto. Aceptó la aventura de romper lanzas, poniendo el pecho y la mandíbula a las balas. Es seguro que vivió el trance de ese momento en que una seguridad celestial y misteriosa nos hace creer que somos invencibles, todopoderosos. Se expuso a ser ejecutado y terminó siendo el ejecutor, y a ver quién le dice algo al que elaboró y llevó a buen puerto un éxito tan categórico.

 

   Hubo dos rounds frenéticos, quinto y sexto. El cruce de fuego en el sexto, que sería el postrero, alcanzó una intensidad desesperante. Antes de que una pelea haga la curva descendente, si la hace, los estados de conciencia de los actores se exacerban, logran profundizar tanto la concentración para los más ínfimos detalles, que tal vez no alcancemos a entenderlo del todo los hombres comunes. Los movimientos corporales son irrefrenables en el desvarío de liberar todo el arsenal para el ataque total y definitivo. Se juegan mucho más que el resultado de una pelea, se juegan la vida, todo lo que soñaron ser y serán.

 

   Sobre el final del episodio un dolor desconocido y salido de la nada, un impacto que ni siquiera vio llegar, un golpe homicida, un ataque primitivo, con la fuerza de un obús, se estrelló en el rostro de Manny Pacquiao que jamás volverá a ser el mismo rostro, y lo precipitó a la hoguera de los condenados. Servido, señor. Esa derecha más poderosa que nunca antes en veinte años de carrera, provocó sobre Manny el daño que haría en una doncella la coz de una mula.

 

   Ahí que se queden con sus pinchurrientas tarjetas los jueces de Las Vegas, tan simpáticos y agradables a los mexicanos como el sheriff Joe Arpaio. El sábado otra vez llevaban a Pacquaio arriba en las puntuaciones. En el resumen de las cuatro peleas, para ellos, Pacquiao ganó por ocho puntos. A ver si ahora entendieron quién es Juan Manuel Márquez.

 

   Juan Manuel Márquez encarnó su venganza y la venganza secreta de millones que como él han sido víctimas, de otras maneras, por otras razones. Dolores dormidos que duelen a perpetuidad. Demasiados hombres que permanecían caídos con él se pusieron de pie.

 

   Confieso que no sé si darle mayor valor a lo boxístico o al temperamento vencedor. ¿Quién ganó la pelea, el boxeador o el hombre? Habrá que recuperar a ambos, seguramente, porque sería un sacrilegio minimizar a uno u otro. El Márquez boxeador hizo lo que sabe con la esplendidez de quién nació para esto y aprendió bien en una vida en el ring. El Márquez hombre se hizo probadamente indestructible y puso el carácter necesario para pelear como un animal salvaje. Lo demás es que en la más hermosa de sus noches los dioses estaban de su lado.

 

   Revisaré pronto ese fantástico quinto round, para ver si fue tan intenso y descarnado como lo recuerdo a pocas horas del combate. Desde hace medio siglo se considera que el de la segunda pelea entre Sugar Ray Robinson y Gene Fullmer, el 1 de mayo de 1957, fue el mejor quinto round de la historia. Robinson ganó por tercera vez el título medio con un impresionante gancho izquierdo que al 1:27 noqueó a Fullmer por primera vez en su carrera. Valdrá la pena hacer una comparación, después de esos tres minutos estremecedores que produjeron Juan Manuel y Manny.

 

   Márquez con esta victoria descompuso todo en el boxeo, por lo que varios van a tener que hacer borrón y cuenta nueva. Si Juan Manuel perdía se iba a su casa y ya está. Perdiendo Pacquiao se cayó un imperio, por las derivaciones que tiene lo que produce uno de los boxeadores más populares y queridos desde que Jack Dempsey enseñó lo popular sin límites que puede llegar a ser un boxeador.

 

   El filipino se subió al tren de la popularidad en 2001 cuando la misma noche de la pelea Oscar De la Hoya – Javier Castillejo en Las Vegas derrotó a Lehlo Ledwaba. Desde entonces ganó todo, conquistó todo, fue por más de una década el más taquillero en un universo inconquistable. Pase lo que pase con su futuro, el principio del fin para él es esta derrota que regresará recidivante en sus peores pesadillas.

 

   México vive un momento de paroxismo, de una felicidad deportiva indescriptible. Desde que dejé el borde del ring la respuesta que percibo en la gente es una no vista en muchos años. Juan Manuel Márquez es un héroe de este tiempo que derrama parabienes, y contagia la certeza de que todo lo que soñamos un día u otro puede convertirse en realidad. Qué maravilla de tipo.

 

publicado en CENTRAL DEPORTIVA de El Universal el lunes 10 de diciembre de 2012

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Publicado 3rd dic 2012
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JUAN MANUEL MÁRQUEZ Y MANNY PACQUIAO REEDITARÁN EL SÁBADO SU DUELO INTERMINABLE. EDUARDO LAMAZÓN NOS CUENTA QUÉ ESPERA QUE SUCEDA

 

                                   Por  Eduardo Lamazón

   Como algunas incomprensibles historias de amor que se prolongan hasta enfermar a los compungidos amantes, la telaraña novelesca que han tejido Juan Manuel Márquez y Manny Pacquiao es ripiosa y no se resuelve transcurridos más de ocho años. Pelearon por primera vez en mayo de 2004 y aunque todos tenemos una opinión sobre lo sucedido en tres duelos candentes, por razones boxísticas y no boxísticas hay necesidad de una cuarta cita porque las cosas no están claras.

 

   En los viejos tiempos los choques repetidos entre dos pugilistas eran habituales, pero eso ya no sucede por causa de la televisión. Ahora las peleas importantes se ven en medio mundo, y pelea vista es pelea quemada, a menos que excepcionalmente no lo sea, como en este caso. Sam Langford y Harry Wills pelearon 23 veces entre sí, Battling Levinsky y Jack Dillon pelearon 10 veces, Holman Williams y Cocoa Kid lo hicieron en 14 ocasiones, Baby Arizmendi y Henry Armstrong, en 6.

 

   La pelea que viene tiene sus particularidades, como todas, pero es de un notable atractivo gracias al profesionalismo de ambos. Muchas cosas pueden suceder o no, pero el espíritu de sacrificio y la vergüenza de los dos no están en duda, y garantizan un espectáculo egregio.

 

   La mayoría de los que saben hacen favorito otra vez a Manny Pacquiao, aunque los haya dejado mal parados antes. ¿Quiénes son los que saben? ¿Los que saben no se equivocan?

 

   La costumbre en el boxeo dice que los apostadores no fallan, y es bastante cierto, porque no se trata de la idea de uno sino de muchos que crean una corriente de percepción. Los otros ‘que saben’ son los expertos. Sus opiniones cuentan, pero han tenido fracasos adivinatorios espeluznantes, por eso yo les digo a ustedes con frecuencia “no hagan caso de los pronósticos y menos si son de expertos”. Ningún experto vaticinó que Muhammad Alí le ganaría a Sonny Liston, ni que Mike Tyson derrotaría a Michael Spinks. Las apuestas favorecen a Pacquiao, y no se han mostrado cautelosas, empezaron 4 a 1.

 

   Lo anterior resulta incomprensible para mucha gente. A mí no me parece descabellado, concuerdo en que el filipino debe ser el favorito al iniciar la acción.

 

   En la pelea de hace un año le di a Márquez cuatro puntos de ventaja en mi tarjeta, y aun respetando cualesquiera otras opiniones, de ahí no me bajo. Estoy convencido de que así fueron las cosas.

 

   Lo que ahora contiene mi optimismo es que en esa tercera pelea vimos a un Juan Manuel Márquez en su máximo rendimiento, componiendo una actuación sublime que no se puede mejorar (o es poco probable que suceda), y vimos a un Manny Pacquiao por debajo de sus posibilidades. Él sí puede mejorar. De las peleas que sostuvieron, la mejor fue la segunda, aunque en la tercera haya habido más inteligencia sobre el ring. Dicho lo anterior, ¿en qué me apoyaría para pronosticar que Márquez puede repetir tan impecable producción de la pelea tres? En el boxeo un desempeño que roza lo perfecto casi nunca se repite en la siguiente pelea.

 

   Sus 39 años de edad son el otro asunto que preocupa. En cien años de boxeo apenas hay dos o tres ejemplos de verdaderas hazañas en boxeadores de esa edad. Es cierto que el rendimiento de los atletas ha mejorado un poco a edades avanzadas, por el uso de sustancias nuevas y las modernas técnicas de entrenamiento, pero 39 años son muchos años para un boxeador. Un año que ha pasado desde la pelea anterior, también es mucho. La edad sigue pagando tributo a la juventud. Pacquiao no es un jovencito pero son más de cinco años de diferencia.

 

   Julio César Chávez estaba a días de cumplir 34 años cuando se encontró por primera vez con Óscar de la Hoya, de 23, y fue la edad y no que no haya poseído calidad lo que lo derrotó aquella noche aciaga, cuando empezó su etapa declinatoria.

 

   El 27 de agosto de 1943, hace 69 años, un joven Sugar Ray Robinson, de 22 años, subía a pelear en el Madison Square Garden con el inmortal pero ya viejo Henry Armstrong, que había sido el ídolo único de su niñez. Veinte mil espectadores vieron cómo un mortificado Robinson tuvo que golpear con dureza al viejo estandarte de una época que años atrás había sido campeón de tres divisiones al mismo tiempo. Robinson le ganó los 10 rounds de la pelea, uno a uno sin omitir ninguno, sin dificultad, humillando al otrora genial peleador que no pudo acotar el empuje de la juventud. Robinson tenía 43 peleas ganadas en su récord, Armstrong 157.

 

      Expreso aquí sin circunloquios mis temores de que la edad sea para Juan Manuel un enemigo mayor que el enemigo filipino, y le impida conseguir lo que merece.

 

   Antes de escribir esta columna, hice varios ejercicios con el video de la pelea pasada. Si alguien me quiere acompañar en uno que me sorprendió, lo invito a que vea el segundo round (lo encuentra en youtube). Manny Pacquiao intenta en ese round un solo ataque a fondo sobre Márquez, a los 2:28 del round (ataque a fondo se refiere al que se hace con golpes que llegan claramente a destino). Ese ataque tuvo respuesta de Márquez, rápida y precisa; y Márquez además ejecutó otras dos ofensivas exitosas que conmovieron a Manny más allá de cualquier duda. Los jueces Trowbridge y Hoyle le dieron ganado ese round a Manny Pacquiao, con un criterio que para mí es incomprensible.

 

   Más importante aún, en ese round y en los rounds 1 y 3, es ver en la ejecución de movimientos de Márquez cierto nerviosismo activo que lo ayudaba a responder todo lo que recibía. En primer lugar señalo que nunca se le había visto antes tal exhibición de poderío, no así de eficaz, casi eléctrico, como si cualquier mínimo contacto del enemigo actuara como un detonador infalible para provocar la réplica. En segundo lugar que si Juan Manuel lo puede repetir, que lo demuestre el sábado, a mí me cuesta creerlo. Hay que ser demasiado optimista para esperar tanto, porque aquello fue perfecto, excelso, probablemente irrepetible.

 

   Cuando los comentaristas hacemos un pronóstico poco favorable (o francamente adverso) para un compatriota, las reacciones se dividen. Algunos agradecen que digamos sin embozo lo que pensamos, lo que es un deber profesional que no requiere aprobación ni admite concesiones; otros se enojan. En las masas predomina el cerebro emocional sobre el neocortical que es el intelectual. Nada hay de extraño, por lo tanto, en que el porrista demande que nos unamos a su causa. Así es y no hay mayor problema en ello, además la naturaleza humana es inmodificable. Desde mi perspectiva nada hay de malo en que mientras narramos una pelea expresemos una moderada expectativa de triunfo del que nos representa. Otra cosa es pretender un análisis de una próxima pelea, y mentir.

 

   Pero, ¿puede hacerlo Juan Manuel Márquez a pesar de mi poco optimismo, de las apuestas en contra y de otros pronósticos desfavorables? ¿Puede ganar? ¡Puede! Ninguna ley se lo prohíbe. Ninguna barrera habrá entre Pacquiao y sus puños en acción. Los temerarios no piden permiso, y los héroes tampoco, ni preguntan si los demás estamos de acuerdo con lo que van a hacer. Yo deseo que le vaya bien a Márquez. Si gana habrá consumado una epopeya y, sobre todo, como premio a no haberse rendido jamás parirá a la vida su sueño más soñado

 

publicado en CENTRAL DEPORTIVA de El Universal el lunes 3 de diciembre de 2012

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Publicado 26th nov 2012
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EL BAD BOY ROSAS DERROTÓ A EDUARDO GARCÍA EN UNA ACTUACIÓN SORPRENDENTE ANTES DE ENCARAR EL TÍTULO MUNDIAL

                    Por  Eduardo Lamazón

 

Ahora sí peleó como un consagrado, queriendo y pudiendo, austero, económico, rendidor, diferente. Algo en él cambió. El Bad Boy Rosas dominó al Bambino García y lo noqueó en el tercer round de la pelea celebrada en Tijuana. Ni siquiera había arrancado el combate y sus ojos prometían tempestades, ansias de desquite, actitud vindicante. Su mirada dejaba ver al buen observador que por él hablaría el carácter, estaba listo para una guerra, o dos. Un boxeador en buenas condiciones transmite seguridad sin que tenga que decir nada.

La pelea fue breve y buena. Alcanza para el optimismo cuando Daniel Rosas se acerca a disputar el campeonato mundial al argentino Omar Narvaes. Ha hecho una carrera corta y altamente beligerante. Lleva dieciséis, pero registraba sólo nueve apariciones cuando dio aquella batalla inolvidable con Felipe Orucuta en la final de Campeón Azteca. En otras palabras, hace mucho tiempo sabemos que este joven es de raza y todo terreno, y en el rigor se desenvuelve tan bien como el mejor.

 Después de la pelea conté uno, dos, tres mensajes en twitter gritando que le ponemos (como si fuéramos los narradores los que armamos las peleas) ‘puros bultos’ al Bad Boy. Quiero creer que se trata de algunos televidentes despistados y no de mala leche. Si ese es el caso, que creen con sinceridad que el Bad es un sobreprotegido, puedo  señalarles que ni Juan Carlos Sánchez (actual campeón del mundo), ni el Gallo Orucuta, ni Federico Catubay, ni Fernando Vargas, ni Enrique Bernache fueron rivales que se parecieran a bultos del boxeo. A todos ellos les ganó el Bad.

En una pelea inmediata anterior a la primera disputa de un título mundial Julio César Chávez enfrentó a Delfino Mendoza, un eterno perdedor que después de ese día nunca volvió a subir a un ring. Una antes de disputar su primer título Manny Pacquiao noqueó en un round a un japonés llamado Shin Terao, de cortísimo récord, que jamás volvió a ganar una pelea. Lo escribo para soportar la intención de educar al público cuando desconoce cómo se lleva una carrera de boxeador, no para justificar al Bambino García que peleó el sábado con Rosas, porque no lo necesita. García era un rival mediano-alto que satisfizo con mucho las expectativas en la pelea. Rosas lo pasó por arriba en una estupenda actuación, no porque a él le faltara calidad.

Bad Boy Rosas es un peleador fácil y es un hombre difícil. El boxeo se le da como cosa natural, pero la disciplina le cuesta tanto que no puede llevarla bajo control. Este Rosas que le ganó a García debe imponerse a Omar Narvaes, pero el que hace un año empató con José Cabrera (no merecía el empate, había perdido, en una no-actuación catastrófica), no. Jorge Barrera, que lo entrena con paciencia admirable, tendrá que trabajar más en su espíritu que en sus músculos, más en su actitud que en la mecánica de combate, para hacerle comprender que hay un tiempo para edificar el destino, y ese tiempo para él es aquí y ahora.

La buena vida es seductora, casi irresistible, a menos que en lugar de carne y hueso estemos hechos de algún extraño material inmune a los placeres. George Best, el playboy del futbol, sobre quien leo que se está cumpliendo otro aniversario de su muerte, dijo alguna vez: “Gasté mi fortuna en mujeres, alcohol y coches de lujo, pero el resto lo desperdicié”. Esta frase a muy pocos provoca repulsión, arranca en cambio sonrisas porque se trata de un deseo universal inalcanzable. Es buena la vida buena, pero cobra un alto precio y el Bad está empezando a andar, como para pensar en ciertos excesos.

Debe quedar claro que no estoy trazando un paralelo entre Best y el Bad Boy, porque no tengo datos precisos de dónde se esconde nuestro boxeador cuando pierde el amor por el gimnasio. Estoy enunciando, eso sí, la fractura que hay entre las dos conductas de los boxeadores que eligen ser rigurosos con sus cuidados, y los indolentes. La alta competencia y el éxito son de los atildados, ascéticos, Miguel Cotto, Manny Pacquiao, Maravilla Martínez. Otros muchos prefieren la vida loca y no tardan en desbarrancarse. En el elegir el rumbo está el prosperar.

Mejor que despierte el Bad Boy, a una conciencia vencedora. Una sana ambición debe hacerlo sembrar un ejemplo de fervorosa pasión para hacer lo que sabe hacer. Que 2013 sea su año mejor. Todo el talento es estéril cuando se mira a la alcantarilla en vez de mirar a las estrellas.

 publicado en CENTRAL DEPORTIVA de El Universal el lunes 26 de noviembre de 2012

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Publicado 24th nov 2012
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tomado del diario as de España

Todos con Cepeda

El mundo del boxeo se ha unido para apoyar a César Cepeda, un púgil al que un incomprensible error médico arruinó su carrera. Le operaron la mano equivocada y las dos quedaron sin fuerza. Tras casi seis años de cruzada, el 17 de diciembre va a juicio. Sueña con que se haga justicia.

 

Todos con Cepedatp

J. Leiva | 07/10/2012

“Mi historia la puedo contar como un drama, como una historia de terror, como un monólogo humorístico… la he contado tantas veces que puedo darle cualquier matiz. Lo único que espero es que su final sea siempre el mismo: justicia”. Así se presenta César Cepeda en su Escuela de Boxeo de Móstoles. Desde 2007 ya no puede boxear y se dedica a enseñar el deporte que fue su vida antes de que un fallo médico le apartara de él. Ésta es su historia.

En 2007. Cepeda era uno de los púgiles más prometedores del boxeo español (21 victorias en 23 combates). En un combate en Gijón notó un fuerte dolor en un nudillo de la mano izquierda: “Ya en Madrid acudí al hospital Montepríncipe, el que me indicaba la mutua. Tras seis meses de pruebas supervisadas por R. R. (iniciales del cirujano que le operó y del que nunca ha revelado el nombre), el 21 de abril de 2007 ingreso para que me operen porque me dicen que tengo una vaina rota y una pequeña bursitis. Soy el cuarto paciente al que opera R. R. aquel día. Me dijeron que se trataba de un trámite. Me pusieron anestesia general y me dormí”. Fue el comienzo de su pesadilla.

“Al despertar, aún atontado por la anestesia, veo que es la mano derecha la que está vendada. Yo sólo acierto a decir: ¡Pero qué habéis hecho, era la otra mano! Rápidamente me vuelven a dormir para operarme la otra mano… ¡con otra anestesia general!”.

En casa. César pide perdón por hablar tan deprisa, pero en ocasiones su ritmo es más pausado y sus ojos muestran más tristeza: “Me volví a despertar con las dos manos vendadas después de cinco horas de operaciones. Apenas había recobrado el conocimiento y en el hospital me decían que me tenía que ir ya. Mi entrenador, Luis Muñoz, me aconsejó que no me fuera de allí. Estaba con las dos manos inservibles. Al final me marché a casa con mis padres. Intenté dormir, pero a las cuatro de la mañana me desperté porque las manos me dolían horrores. Fue la primera vez que tuve lucidez para darme cuenta de lo que había pasado. Me derrumbé”.

César interpuso una demanda contra el hospital, más cuando, con el paso del tiempo, comprobó que ninguna de las dos manos había quedado bien. “La derecha, en la que me operaron por error, había perdido la fuerza, estaba peor que la otra. Tengo los tendones fuera del carril. Habían terminado con mi carrera y con mi vida. Era boxeador y me sentía como si me hubieran cortado las manos”.

Juicio. Desde entonces César lucha para que se haga justicia. El hospital dio diferentes versiones, entre ellas que la mano derecha también estaba mal antes de entrar en quirófano, por lo que le habían hecho un favor. También intentaron llegar a un acuerdo ofreciéndole 50.000 euros por enterrar el tema. “Mis anteriores abogados querían que firmara, y yo lo que hice fue cambiar de abogados. Tras luchar mucho, por fin el 17 de diciembre es el juicio y espero que haya merecido la pena”.

Hasta entonces, el mundo del boxeo posa con una camiseta que reza Todos somos Cepeda. Maravilla, Kiko Martínez, Campillo, Céspedes, Varón… “Soy el único capaz de unir al boxeo de este país”, bromea. “Todos me conocen como ‘el de las manos’ (en Facebook le apoyan 13.500 personas). Lo asumo, pero estoy cansado. Sólo quiero que se haga justicia y que se termine. No lo hago por dinero, que me den lo que me corresponda, pero mi objetivo todo este tiempo ha sido defender mi honor, ese que me quitaron en un quirófano”.

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Publicado 22nd nov 2012
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             Por  Eduardo Lamazón

 

Ya murió. Ya no está. Ya se fue de esta vida el Macho Camacho.

 

   La muerte fue una estampida que lo alcanzó, inesperada. No la vio llegar. Ni siquiera oyó el ruido de la pólvora encendida que precedió al silencio sin final.

 

   Se acabaron para siempre sus actitudes excéntricas porque no hay hombre, por fuerte o por poderoso que sea, que resista el daño de una bala bien puesta. Mal puesta, claro.

 

   Era un personaje colorido y extraño, fuera de molde, querido por la mayoría de quienes lo conocimos. Querido y querible. Su oficio fue la notoriedad y se dedicó además al boxeo. El Macho no se parecía a nadie y su trato fácil y lisonjero obligaba habitualmente a sus interlocutores a preguntarse de dónde sacaba tanta alegría. Se vio envuelto en demasiados incidentes como para ocultar que su conducta fue muchas veces reprochable. Su andar por este mundo no transcurrió ni tranquilo ni con moderación, sino todo lo contrario. Nunca pidió permiso para nada y creo que tampoco pidió perdones.

 

   La tarde del martes pasado una emboscada sin nombre en las calles de Bayamón, donde había nacido, lo fusiló de bala y le arrancó la conciencia de este mundo al personaje que de tan vivo parecía inmorible, o entregado al movimiento perpetuo. Todo él había sido por siempre un torbellino, y cuando las primeras imágenes de televisión llegadas de la isla lo mostraron en esa camilla final, extrañamente inmóvil, nos resultó irreconocible. Todo menos eso que veíamos –un espectro, lo que quedaba de él– había sido Héctor Camacho a lo largo de sus cincuenta años de vida.

 

   Es ahora una leyenda inerte, desarrapado de calor su cuerpo y borrada con sangre su sonrisa contagiosa, nos deja prematuramente el payaso entrañable, el loco, el hablantín. Es silencio y eternidad el Macho. Ni siquiera sabemos qué le pasó, apenas suposiciones que intentan explicar la tragedia de la ocre tarde de San Juan. Son muy pocas noticias para tanta sed de saber por qué. Una multitud impávida y aún incrédula se agita en las redes para decir que lo quiere, o que lo quería, y que no lo olvidará. Lo llora Puerto Rico con lágrimas de piadosa mortaja para el que se va, y lo llora el mundo del boxeo, comprendiendo que no habrá ya ninguno de sus arrebatos demoledores que lo devuelva al centro del ring, a lo que le era esencial.

 

   Fue un loco genial pero fue también un gran atleta que sus excesos no pudieron eclipsar. Debutó a los dieciocho, peleó treinta años, estuvo activo hasta hace dos. Murió a los cincuenta.

 

   Hace tiempo hablamos en Nueva York y me dijo que tenía guardados cuatro millones de dólares. Escondidos secretamente. Intocables. ‘Algunos se creen que soy un idiota –me explicó—y que me voy a quedar en la miseria, como le ha sucedido a muchos boxeadores, pero esa plata la tengo ahorrada y no la toco. Es para mi vejez’.

 

   Ya no le hace falta, porque la vida no es como la planeamos sino que nos lleva caprichosamente de la mano. La turbulenta existencia del Macho, sus repetidas transgresiones, sus pasos disonantes, sus noches de esplendor y sus valles de humanas miserias, todo es el pasado.

 

   Puerto Rico es la tierra más boxística del mundo, ha dado cuarenta y seis campeones mundiales. Macho pertenece a la élite, con Gómez, con Trinidad, con Ortiz, con Benítez. Lo lanza la vida, lo recoge la historia. Una vez le dijo a un periodista “El más grande de mis sueños es morir en mis propios brazos”. Su inmodestia era colosal, no tenía conciencia terrenal, y siempre le perdonamos todo porque él no era un filósofo, era un loco elaborado, un Dalí con guantes de boxeo. Si hubiera sido futbolista habría jugado en el Barcelona. Su única medida era lo más grande y disparado.

 

   Los seres humanos entierran a sus muertos. Los que somos del boxeo hoy tendemos un manto de no olvido y enjugamos el llanto por el Macho que dijo adiós.

 

publicada en CENTRAL DEPORTIVA de El Universal el jueves 22 de noviembre de 2012

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Publicado 19th nov 2012
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                        Por  Eduardo Lamazón

A las 11:37 de la noche, hora de Los Ángeles –dos horas después de caer noqueado por Brian Viloria—el Tyson Márquez escribió un tuit: “una disculpa a todos los que confiaron en mí, no me salieron las cosas como quería, se me complicaron por equis razón, ni modo, no hay pretexto”. Era algo de lo poco verdaderamente profesional que hizo con éxito ese día. Aceptar la derrota, agradecer a sus seguidores, dar una señal de que está vivo y la vida sigue. Era el mensaje correcto.

 

   Antes, en la pelea, consiguió muy poco frente a un Brian Viloria inmensamente superior. Le faltó confianza en sí mismo, porque podía hacer más pero no lo supo, y le faltó imaginación para cambiar el guión cuando lo que propuso fue estéril desde el comienzo. Apostó a la única fórmula que conoce, la de sorprender con sus golpes fulminantes, ese esquema que lo hizo campeón contra Luis Concepción hace diecinueve meses en Panamá, pero que ahora no sirvió para nada, entre otras cosas porque Brian Viloria es un boxeador más fuerte y completo que el panameño.

 

   El comentarista que habla o escribe, como el público que siempre tiene una opinión, se equivoca si espera o reclama de un peleador más de lo que el peleador puede dar. Cuando alguien pierde una pelea, si dio sobre el ring todo lo que tenía, es necesario aceptarlo con resignación. Habida cuenta de esto, soy cauteloso en la crítica al Tyson, que hizo un esfuerzo encomiable. Sin embargo, careció de grandeza, porque cuando todo está perdido es imprescindible quemar las naves en un sacrificio que en este caso no llegó. Alguien me dirá que sí hizo ese sacrificio porque trató de arrasar con dos vendavales de golpes muy generosos en los que no tuvo éxito y además se vació. Yo creo que los ejecutó sin ninguna inteligencia porque no logró provocar daños y en cambio entregó la pelea. Quizá la mejor fórmula era al revés, con pocos golpes pero mucho más eficaces. La pólvora no llegó con él a la cita y no podía esperar mucho si no tenía capacidad para noquear ante un boxeador tan completo.

 

   Muchas críticas apuntaron al nuevo entrenador, Robert García, pero yo no estoy seguro de que una mejor esquina hubiera transformado demasiado la realidad que nos abofeteó la noche del sábado en la Sports Arena angelina. No debemos tampoco decir que todo el mérito es del peleador cuando se gana, y toda la culpa es del entrenador cuando se pierde. Una vez me dijo César Luis Menotti: “para competir en Fórmula 1 es necesario estar conduciendo un Fórmula 1” . En otras palabras estoy diciendo que cuando un rival es superior al peleador de nuestra simpatía, hay que aceptarlo.

 

   Hay que ver lo que hizo Viloria. Peleó con la pasión de un muchachito, a despecho de que tiene 31 años y es un veterano del ring. Dejó atrás momentos irregulares que había tenido contra Omar Niño, contra Edgar Sosa y, sobre todo, contra Carlos Támara. Tal vez fue el mejor Viloria que hemos visto, inmune a los golpes que recibió, hábil para manejar los tiempos en la pelea, y con una renovada capacidad para bombardear a la zona baja. Le pegó tanto al abdomen del Tyson que empezó a dolernos a los que estábamos mirando. El gancho izquierdo que usó el hawaiano lo habrá adquirido aprovechando el Buen Fin, porque así de impresionante no se lo conocíamos. Es decir que el de Empalme hizo poco y para acabarla lo hizo ante un Viloria mejorado.

 

   Fue una pelea que nos reveló mucho sobre las posibilidades reales de Hernán Márquez en el boxeo. Él está en el escalón de los buenos peleadores de estos días, pero no pertenece al único escalón que hay por encima, que es el de los que pueden aspirar a hacer historia, convertirse en inmortales quizá.

 

   Perdimos la pelea, pero aclaramos nuestra visión en muchos sentidos. Poner las cosas en su lugar es importante. Es más importante por ejemplo leer a Baruch Espinoza que un estado financiero del banco. Es más importante poseer inteligencia que un Rolls Royce y carecer de valores. En ese sentido el mundo rueda y va haciendo visible lo que no lo era. En el boxeo también. Siempre deseamos ver la próxima pelea para confirmar o modificar lo que creíamos que podía suceder entre dos que pelean. Viloria es mejor que Márquez. Está bien, no pasa nada más que eso y para cada cual hay un camino. Fue una buena pelea por lo dramática.

 

   Tampoco pudo ganar Juan Francisco Estrada contra ese fenómeno nicaragüense llamado el Chocolatito González, una revolución en los pesos chicos que nos invita a pensar en gigantes chiquitos que como Humberto González o Wilfredo Gómez tuvo la historia.

 

   Lo del Gallo Estrada es muy ponderable, aunque el resultado haya sido adverso. Dominó a su peligroso enemigo en la primera parte. Lo hizo con el desenfado que pelean los grandes, con esa falta de respeto a los pergaminos del favorito sin lo cual no se logra sorprender a nadie. No ganó porque peleó contra un campeón que es un portento, y porque tiene poca experiencia para haber intentado una proeza. Hay defectos que debe corregir tanto en la ofensiva como en la defensa, pero hay que darle tiempo. El nica González está en el tope de lo que puede ofrecer como boxeador, en cambio Estrada, de sólo 22 años, se está formando. Cuando se trata de peleadores, siempre hay que preguntar qué edad tiene el que estamos comentando, porque nadie es a los 22 el mismo deportista que es a los 30.

 

   Fue del todo arriesgado y valeroso que el Gallo Estrada tomara este compromiso. Lejos de una vergüenza que pudiera haber maltratado su andar por el boxeo, lo que consiguió fue para enorgullecerse y retomar pronto con más bríos. Suele suceder que de una derrota no hay regreso. ¿Qué iba a decir Oscar de la Hoya cuando perdió con Manny Pacquiao? Se tuvo que ir del boxeo. Pero hay otras pérdidas que enaltecen. El Macho Camacho fue más respetable después de perder con Julio César Chávez. El Gallo Estrada igual, el sábado a la noche, perdiendo tuvo la admiración y el aplauso de todos los que vimos la pelea.

 

  Los ganadores del sábado se van a enfrentar. Pronto se anunciará Viloria contra González.

 

Publicado en CENTRAL DEPORTIVA de El Universal el lunes 19 de noviembre de 2012

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Publicado 12th nov 2012
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                                              Por  Eduardo Lamazón

   Para los jueces fue empate, para mí había ganado Erislandy Lara. Vanes Martirosyan confirmó que es errático en su carrera de boxeador y no responde a lo que de él espera Top Rank. Los boxeadores entrenan siempre sus músculos, pero poco se ocupan de su cerebro, para ponerlo en actitud de pelear. El armenio es mejor en el gimnasio que en el ring, asunto que debe preocuparlo porque idealmente las cosas deberían ser al revés. Ahí sí, acepto que tendría que haber sido boxeador, y nunca lo fui, para entender qué impulsos, qué miedos, qué determinación y qué precauciones dictan que a veces uno se lance incontenible en pos de la victoria y otras veces se empantane en el titubeo sin final que pospone minuto tras minuto el decidirse a hacer lo que el observador cree que es muy sencillo.

 

   “¡Órale, cabrón, pártele su madre!”, “¡Échale, échale, güey, qué no ves que le duele!”, “¡No manches, carnal, lo estás dejando vivir!”, grita cualquiera con una cerveza en la mano y sentado en ring side. Muy-muy fácil de hacer, según él, lo que quiere que haga su boxeador y su boxeador no hace. Igual de cómodo es para el escritor señalar esas indecisiones, a menudo sin preguntarse qué es lo que acelera o frena el comportamiento sobre el ring de alguien que tiene probadamente el talento y se ha preparado ocho semanas para hacer lo que no se decide a hacer.

 

   De los dos fue Martirosyan, por mucho, el más agresivo, pero resulta que ‘iba por lana y salía trasquilado’, como ironiza el refranero popular. Lara peleó a la defensiva, es cierto; caminó hacia atrás, también lo es; pero no le quita nadie que desde el más allá regresaba esporádicamente para colocar dos manos relampagueantes que llegaban plenas y lo ponían adelante. El armenio fue víctima de la frustración conforme pasaban los minutos, y al final de la pelea reclamó con vehemencia: ‘este tipo corrió toda la noche’. Es cierto y no vale como disculpa. Hay boxeadores que peleando para atrás componen obras de arte. Pernell Whitaker, por ejemplo. Manny Pacquiao también lo hace. ¿Quién les puede quitar el mérito?

 

 

   Cada vez que hay un corte en una pelea se observa lo mismo: muchos no saben qué procede, y con frecuencia algunos de ellos son los que tienen que decidir. Al boxeo le falta una regla, que obligue al árbitro a revelar con claridad, para el juicio de todos, qué es lo que a su criterio sucedió. Cuando dos cabezas colisionan, por la razón que sea, es el réferi quien determina si es accidente o hay infracción. Pero no lo dice con señales claras para que todos sepamos, con lo que se crea un tiempo de zozobra innecesaria, y de especulaciones absurdas.

 

   En el noveno round el impacto de cabezas fue brutal, y Martirosyan salió con un corte de espanto, que le abrió varios centímetros el rostro. Comenzó la discusión de siempre, que si la agresión fue intencional o no lo fue, cosa que no debería importar. Un buen reglamento debe decir ‘a tal infracción, tal pena’. Pero no es el caso del reglamento que regía esta pelea. Deploro que la letra escrita de las reglas use la palabra ‘intención’, pero la usa. El artículo WC-32 de las reglas para peleas del CMB dice: “En lesiones de cabeza provocadas por acción no intencional o accidental (señala como lo mismo dos cosas diferentes), si la pelea no puede continuar, es decisión técnica a partir de iniciado el quinto round”. A esto se ciñó Jay Nady, aunque parecía evidente que se trató de un cabezazo de Erislandy. Si es como yo digo, debió ser descalificación del cubano. No considerar nunca –es mi propuesta– si medió o no la intención, cosa que es muy difícil de juzgar, y beneficia a los tramposos, sino que hay falta y se castiga. Al sentenciar la autoridad que había sido asunto accidental, fueron a las tarjetas, y las tarjetas, en desacuerdo absoluto de los tres, arrojaron el empate.

 

   Tendrán que pelear de nuevo, se infiere, para encontrar el retador oficial del Canelo Álvarez. Será interesante que se repita el duelo. Vanes se quedó corto con su presentación, y Lara también. Muchos esperábamos ver a un cubano destructor, que martillara con empeño sus envíos sobre el armenio, como lo sabe hacer porque lo demostró en peleas anteriores, como la que le ganó de aquí a China a Paul Williams y le dieron perdida los inefables jueces de Nueva Jersey que son como muchos jueces de cualquier lado, México incluido. Unas veces por falta de carácter, y otras veces porque nadie les enseña, producen decisiones de locos.

 

   En la otra pelea del sábado en Las Vegas, Mikey García nos regaló su talento a cuentagotas. Necesitó ocho rounds para sacar de la pelea al argentino Jonathan Barros, que se dedicó a complicarle la vida, y de muchas maneras lo consiguió.

 

   García es austero como un general en la guerra. No regala nada, no arriesga, no comete errores. Es desesperantemente preciso. A la altura del tercer round era una partida de ajedrez, no una pelea de boxeo. Pensaban cada movimiento antes de hacerlo como si pelearan Gary Kaspárov y Víctor Korchnoi. García necesita que lo ataquen para dar grandes peleas, lo vimos con Bernabé Concepción, con Olivier Lontchi, y Barros no lo atacaba con franqueza. Mikey leyó el Manual del Perfecto Boxeador y se lo sabe de memoria. Jamás baja la guardia, su caminar en el ring es correcto, sus combinaciones son precisas, y su concentración no tiene fisuras. Está todo bien, pero le falta alegría. Vemos un boxeador así y sentimos que debería tener algo de niño o algo de loco, para alegrarnos la noche, para que el combate sea un poco divertido, que disfrutarlo también se trata de eso. Dan ganas de gritarle: ‘¡Mikey, no vinimos a escuchar una orquesta de cámara, deja tanta solemnidad para los diputados que están trabajando por la patria!’

 

   Ahora bien, García es prodigioso al contragolpe, de modo que si se sube al ring a pelear con el Siri Salido, esa va a ser otra historia. El campeón (Siri) cuando va de compras regresa con las bolsas llenas. Cuando ataca es certero y peligroso, a veces letal. Va a provocar a García como quien le clava un alfiler en un testículo a un león que está durmiendo, y Mikey va a responder, que responder sí sabe. Me da la sensación de que en el ring va a estallar la tercera guerra mundial.

 

   Siri Salido – Mikey García será una fantástica pelea el año venidero.

 

Publicado en CENTRAL DEPORTIVA de El Universal el lunes 12 de noviembre de 2012

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Publicado 9th nov 2012
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LA MÁXIMA DIVISÓN DEL BOXEO ATRAVIESA UN MOMENTO SIN GRANDES FIGURAS. ANÁLISIS DE SITUACIÓN A CARGO DE NUESTRO COLUMNISTA EDUARDO LAMAZÓN

                                     Por  Eduardo Lamazón

   La subasta para la pelea eliminatoria entre los pesos completo Chris Arreola y Bermane Stiverne fue ganada hace pocos días por el promotor Don King, con una oferta de de 1’001,000 dólares. King promueve al canadiense Stiverne (récord de 22-1-1 (20)). Dan Goossen, que promueve a Arreola (récord de 35-2 (30)) presentó una oferta de 550,000 dólares. Lo usual es que las cifras no se diferencien mucho en las subastas, porque estos señores están en el negocio y saben cuánto pueden recuperar, de modo que ciertos observadores no entendieron el porqué de tanta disparidad. La pelea es por el Consejo Mundial de Boxeo y no sería raro que King haya invertido especulando con la posible partida de Vitali Klitschko, que dejaría vacante el cinturón del peso máximo.

 

   Si Klitschko se va pronto, King podría quedarse directamente con el nuevo campeón, o con la opción del peleador de Goossen si es el que gana, o con el derecho de llevar al próximo aspirante al campeonato si Klitschko no se retira. En cualquiera de los casos recuperará con mucha utilidad los dólares que algunos creyeron dilapidados ahora para obtener esta pelea.

 

   Los pesos completo pasan por su peor etapa histórica, con el dominio soberano de los hermanos ucranianos Wladimir y Vitali Klitschko que tienen sus méritos pero que no entusiasman al público de ninguna parte, y mucho menos al de los Estados Unidos. Ni siquiera la natural expectación que despertaban peleadores blancos en esta división, que históricamente fue de negros, logró mantenerla viva. El peso completo hoy atrae tan poco como si no existiera.

 

JACK JOHNSON 1909

 

HOLMES

 

 DEMPSEY

   Basta ponerse a pensar en los dos de la eliminatoria, Chris Arreola (que ya fue borrado del mapa por Vitali, el campeón), y Bermane Stiverne (que tiene 34 años de edad y no está probado en buen nivel) para caer en cuenta de dónde está esta categoría que por años fue la más importante.

 

   La hegemonía que mantuvieron los negros en el peso pesado duró desde que les fue permitido pelear dentro de la ley y por cien años. Parecía definitiva, pero un día abrieron un espacio a los boxeadores blancos y ellos desaparecieron de la escena. ¿Qué ha pasado con los peleadores de peso completo de los Estados Unidos? El asunto es tan complejo que no me es posible dar una respuesta contundente y esclarecedora. La llegada de los peleadores europeos blancos coincidió con la caída del muro, por supuesto, hace poco más de veinte años, y le ha pintado la fachada a la división cambiando las cosas por completo.

 

   El poder negro se apoderó de los Heavy en 1908, cuando Jack Johnson le ganó a Tommy Burns, el muy chaparro canadiense, uno de los quince blancos que alcanzaron el trono hasta la llegada de Joe Louis (1937). Antes de Johnson los negros no estaban permitidos para un ring de boxeo, así de drástica fue la condición de discriminación desde el reinado de Paddy Ryan en 1882.

 

   El efímero paso por el trono del blanco sudafricano Gerry Coetzee, no alcanzó en 1983/1984, cuando obtuvo el título para perderlo en la primera defensa, para romper el pertinaz control de los negros, que registra esa excepción desde que Ingemar Johansson perdió el título contra Floyd Patterson.

 

   Después pasaron: Sonny Liston, Muhammad Alí, Ernest Terrell, Joe Frazier, Jimmy Ellis, George Foreman, Leon Spinks, Ken Norton, Larry Holmes, John Tate, Mike Weaver, Michael Dokes, Tim Witherspoon, Pinklon Thomas, Greg Page, Trevor Berbick, Mike Tyson, James Smith, James Douglas, Evander Holyfield, Riddick Bowe, Lennox Lewis, Michael Moorer, Oliver McCall, Bruce Seldon, Frank Bruno, Hasim Rahman y Chris Byrd.

 

   Lá última gran esperanza blanca en los Estados Unidos había sido Gerry Cooney, en quien los fanáticos blancos depositaron enormes expectativas de que pudiera derrotar a Larry Holmes. Era 1982 y por entonces Larry era invencible. Hicieron una gran pelea en la que todo terminó a los 2:52 del round número trece, en Las Vegas, cuando el neoyorquino de 25 años de edad sucumbió, y con él los sueños imposibles de que las cosas pudieran cambiar.

 

   ¿Por qué no surgían en el peso máximo peleadores blancos capaces de llegar a ganar el campeonato?, nos preguntábamos todos en ese tiempo. La pregunta se repitió hasta el infinito entre expertos estadounidenses y de otros sitios especialmente a partir de 1960, cuando el vikingo Johansson perdió con Patterson y se acabaron las ‘white hopes’.

 

   Para Lester Bromberg, uno de los críticos más avezados, que escribía en el New York Post, “los atletas blancos encuentran un sitio decoroso bajo el sol sin recurrir al boxeo. Solamente los negros sufren, en ese sentido, una posición desventajosa. Para ellos, por lo mismo, este deporte tan duro y tan sangriento puede significar la posibilidad de enriquecerse y de alcanzar un plano popular”. Es posible que Lester haya estado influido por los relatos históricos, según los cuales en el Imperio Romano los gladiadores que participaban en luchas a muerte eran habitualmente esclavos, prisioneros de guerra o bien condenados por algún delito grave. Participando en tales sangrientas batallas se les daba la oportunidad de conseguir su libertad, la fama y, en muchos casos, una considerable posición económica.

 

   Muhammad Alí fue categórico cuando una vez en Buenos Aires le pregunté qué opinaba de los muchachos blancos que se dedican al boxeo: “Son unos idiotas”, contestó.

 

   Sin embargo, vale la pena observar que hay opiniones disidentes con la de Bromberg y Alí. El más famoso de los críticos que ha dado Cuba, el gran Eladio Secades, dijo que la verdad es muy otra. “La raza negra –afirmó—posee condiciones innatas y maravillosas para la práctica del boxeo y de otros deportes. Si algo tiene que ver el espíritu de la época con la preponderancia de figuras negras, no hay que encontrarlo en el desdén de los muchachos blancos por un espectáculo tan brutal, sino en las facilidades que ahora encuentran y que antes no hallaban los muchachos negros”.

 

   Reviso y reviso papeles viejos y sigo descubriendo ideas que agregan claridad ¿o dudas?. El uruguayo José Laurino, un gran historiador de Fistiana, se alineaba entre los opositores a las ideas de Bromberg y escribía en 1994: “…en los tiempos de John L. Sullivan (que trazó una línea de separación, una barrera racial entre él y el formidable Peter Jackson) era imposible que un pugilista negro llegase a la cima”. Y menciona también Laurino que Jack Dempsey, nada menos, firmó para defender su campeonato del mundo ante ‘la Pantera de Nueva Orleáns’, Harry Wills, y aunque éste cobró por adelantado, no hubo pelea.

 

   Existieron dos blancos sobresalientes en la historia del boxeo de peso completo, Jack Dempsey y Rocky Marciano. El resto de la grandeza es toda para los negros. Alí, Johnson, Louis y Holmes fueron los mejores. Jeffries podría incluirse entre los blancos ilustres, pero su carrera fue de muy pocas peleas.

 

   Regresando al presente, en momentos en que el tiempo retirará inevitablemente a los hermanos Klitschko, las esperanzas por encontrar nuevas figuras son débiles.

 

   Quizá el mejor peso completo después de ellos es el polaco Tomasz Adamek, que no ofrece mayor cosa si recordamos que ya perdió con Vitali y que tiene 36 años de edad. El búlgaro Kubrat Pulev logra que giremos a verlo, porque tiene un récord de 17-0, pero no está probado y es obvio que tiene que andar mucho camino para decir que llegó a mezclarse entre los buenos aspirantes a campeón. El londinense David Haye tiene 32 de edad y es perdedor con Wladimir, de modo que tampoco está en la lista de los quizá le devolverán lustre a los mastodontes. El ruso Alexander Povetkin entusiasma a la comunidad deportiva de su país, tiene 33 años y 25 peleas sin derrota, pero nada garantiza que podrá con compromisos más demandantes que los hasta ahora sorteados. Alguien me pide que no me olvide de Tyson Fury, pero yo hasta no ver no creo. Acepto que el de Manchester lleva una buena racha, con 19 victorias sin haber perdido, pero eso no revela hasta dónde su serie continuará.

 

   Así podemos seguir viendo promesas, como Denis Boytsov (el 1 de diciembre peleará con Fury, en la mayor pelea para los dos), Tony Grano, Luis Ortiz, Magomed Abdusalamov, Bryan Jennings, Edmund Gerber, Robert Helenius o Seth Mitchell. Mientras algo sorprendente no suceda, son sólo posibilidades dispersas y una esperanza tibia.

 

   Nadie puede responder a las dos más grandes interrogantes, quién será la próxima figura descollante, y por qué la división de los completos es un enfermo terminal en el país de origen, los Estados Unidos.

 

   He hablado de una realidad, la declinación que continúa. Pero la leyenda no ha muerto, y es posible que un día regrese. Esa que dice que nada puede transformar en mayor medida la vida de un ser humano que nacer pobre y llegar a ser rey de peso completo. Muhammad Alí ganó cuatro dólares por su primera pelea profesional (quizá no sea estrictamente cierto pero a él le gusta mencionarlo), y escaló hasta ganar millones. Por algo él mismo dijo un día: “Ser campeón mundial de peso completo se parece mucho a ser presidente de los Estados Unidos”.

 

publicado en CENTRAL DEPORTIVA de El Universal el viernes 9 de noviembre de 2012

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Publicado 7th nov 2012
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               Por  Eduardo Lamazón

 

   Hoy, cuando escribo, 7 de noviembre, hace 42 años de la coronación de Carlos Monzón como campeón mundial de peso mediano. En el ‘Palazzetto dello Sport’, de Roma, remontando todos los pronósticos en contra, ganó por nocaut en el duodécimo round a Nino Benvenuti.

 

   De ese título hizo 14 defensas exitosas y se fue al retiro sin perder como campeón. En los siete años que se mantuvo en la cumbre el púgil argentino se convirtió en un ídolo del boxeo mundial, y dejó un legado casi incomparable. Su vida fue tan convulsa como las entrañas de un volcán. Había nacido en 1942. Vivió poco más de 52 años. El 8 de enero de 1995, en un domingo de libertad a prueba en su condena por homicidio, murió en un accidente automovilístico cuando regresaba a prisión. Esta es su historia.

 

 

SUS COMIENZOS

 

   Un niño extremadamente pobre nació en San Javier, en la provincia de Santa Fe, Argentina, el 7 de agosto de 1942. Era del todo inocente, como cualquiera que llega a la vida, pero el mundo ya le aseguraba una infancia paupérrima, una niñez desnutrida y una adolescencia violenta y hostil. ¡Qué principio! ¡Qué doloroso principio! Sería ésta una historia conmovedoramente perversa si no fuera tan frecuente.

 

   Se llamaba Carlos Monzón, ese chico, y poco podía esperarse de él en esas condiciones. Sólo que a diferencia de los demás infantes del lugar y de su tiempo, a éste lo aguardaba un trueque gigantesco del destino. Un cuento de hadas, un milagro difícil de creer. Una historia que… ¡vamos!, provoca vértigo. Después del comienzo de este relato lo que viene es obra de la realidad que sabe burlarse de la imaginación.

 

   Carlos Monzón fue campeón argentino de boxeo, fue campeón sudamericano y campeón del mundo. La estrella de toda una década. Uno de los quince o veinte mejores pugilistas de todos los tiempos. Uno de los deportistas más destacados que ha dado Argentina, y también un constante protagonista de historias, de romances, de sucesos, de accidentes, partes de un rompecabezas a veces tortuoso, a veces jadeante. Con sus días tejió una red que se fue construyendo como esas imágenes de televisión que ocasionalmente vemos en cámara acelerada.

 

 

 

   El día en que en Roma le levantaron la mano triunfador sobre Nino Benvenuti, estaban marcando un hito en su vida, acaso el más importante, porque se convertía en campeón mundial y eso es plantar una bandera en la cumbre del camino. Pero sólo un hito. Su historia deportiva estuvo entrelazada siempre con su historia personal, y su historia personal fue conmoción y drama.

 

   ¿Sería un pacto entre Dios y el diablo compartiendo una criatura? Apenas si así pueden entenderse estas vidas ora sacudidas por la más cruel miseria, ora adornadas con placeres, dinero, euforia, popularidad. Quizá porque casi todos los humanos acabamos muriendo en el mismo escalón social, económico, en que nacimos, nos deslumbran tanto las historias de los que habiendo sido lumpen se convierten en estrellas. ¡Se necesita tanto oropel para esconder tanta tristeza!

 

 

 

ESPLENDOR DEL ÍDOLO

 

   No hay exageración en decir que Monzón fue un ídolo y un galán de grandes dimensiones en Europa. El llamado Viejo Continente estaba ávido de un deportista y especialmente de un boxeador exitoso, a la manera de Marcel Cerdán años atrás, que aunque hubiera nacido afuera pudiera ser considerado casi de la casa. Monzón pareció poseer la fórmula perfecta. Era como Alain Delón y Jean Paul Belmondo pero de verdad, no un producto cinematográfico. Además, amigo de ambos. Fue Delón quien lo bautizó “El Macho” y lo llevó al cine a hacer una película que no casualmente tenía ese mismo título. Úrsula Andress lo amó primero y despertó la codicia en las demás. No fue la única, naturalmente, y todavía recuerdo cómo Amilcar Brusa, su manager, su maestro, su amigo, sacó violentamente a Natalie Delón (antigua esposa de Alain), –ella en ese momento era una estrella del celuloide–, de la habitación de Monzón porque faltaban sólo tres días para la primera pelea con Rodrigo Valdez en Montecarlo.

 

   Fueron años en que los hechos se sucedieron vertiginosamente. En 1973 el famoso periodista francés Henry Pessar fue a vivir seis meses a la Argentina para escribir la vida de Monzón que estaba en su apogeo. El libro se llamó ‘Yo, Carlos Monzón’ y se publicó en francés con prólogo de Alain Delón.

 

   Antes, mucho antes, casi un paso después de campeonar, las mujeres argentinas deliraban por el ídolo desdeñoso que casi-casi se hacía rogar para obsequiar sus favores. La número uno en materia de fama de todas esas mujeres, Susana Giménez, cayó rendida a sus pies. Juntos filmaron la película ‘La Mary’ (se pueden ver fragmentos en youtube) y ya no se separaron. Durante cuatro años vivieron juntos.

 

   Como precio inevitable a pagar su hogar en la provincia de Santa Fe quedó casi olvidado. Cuando menos, olvidado de afectos, porque cuando la fama atropella no existe quien no se deslumbre con sus brillos. Monzón estaba casado con Beatriz García y era padre de tres hijos. Siguió siendo un buen padre, un buen hijo y un buen hermano. Pero no había tiempo para más.

 

   Susana Giménez tampoco fue la única de sus mujeres, ni siquiera durante el tiempo que vivieron juntos. El 5 de octubre de 1974 Monzón peleaba con el australiano Tony Mundine en el Luna Park de Buenos Aires. En tres costados del ring había tres mujeres de distintas maneras relacionadas con el campeón. Beatriz García (su primera esposa que lo quiso siempre y jamás dejó de estar cerca), Susana Giménez, y Graciela Borges con quien nunca Monzón ‘oficializó’ una relación pero cuya presencia era el comentario de todo el estadio. La Borges, claro, una de las más bellas actrices de la cinematografía argentina.

 

 

 

GANADOR SIEMPRE

 

   No perdió nunca, y eso en el boxeo es asunto de mucho respeto. Se trata de una hazaña que lo coloca entre los mejores de siempre en su peso, que es el peso más aristocrático del boxeo. Su nombre se ubica al lado de los nombres de Ray Robinson, de Stanley Ketchel, de Harry Greb. Es la crema y nata. Es la sangre y la entraña de la historia del boxeo. A veces uno tiene a derecho a pensar que si juntamos la historia de estos hombres con la historia de media docena de pesos completos, podríamos prescindir de todo lo demás, Todos merecen respeto, todos. Pero allí están los mastodontes y los pesos medio hirviendo las pasiones y congelando un pedazo de pasado, para siempre.

 

   Carlos Monzón no perdió, dije, y tras la mentira ahora va la disculpa. Perdió, sí, pero perdió muy poco, y es estrictamente cierto que no perdió como campeón. Decir que perdió Monzón es como decir que una vez perdió Salvador Sánchez. Es un homenaje a la verdad histórica, pero no es contar lo que hicieron sobre el ring. Ante la oposición grande, la que cuenta, la de la hora de la verdad, no sólo no perdieron, sino que arrasaron.

 

   Veamos los números. Monzón debutó como profesional en 1963, y entre 1963 y 1964 perdió tres peleas. Desde el 9 de octubre de 1964 y hasta el 29 de agosto de 1977 en que anunció su retiro, no perdió jamás una pelea. Ganó ochenta batallas y su ascenso siempre constante marca una de las trayectorias deportivas mejor logradas que alguien pueda narrar. Fueron casi trece años sobre el ring.

 

   Hay que conocer los detalles de aquellos comienzos para entender por qué perdió Monzón. Hay que correr la carrera sin aliento de los desamparados para saber que hay derrotas que son victorias. Hay que escudriñar la azarosa supervivencia de los boxeadores para ponerles porqués a los por qué.

 

 

 

PERO AL PRINCIPIO…

 

   Amilcar Brusa fue su manejador desde el comienzo, y un protector a toda prueba. Se trató de un maestro íntegro y de un hombre honrado. Corría 1964 cuando hubo de sacar a Monzón de Santa Fe casi de emergencia. Brusa hizo un pedido de clemencia al jefe de la policía, con la que Monzón tenía sus primeros problemas, y para evitar males mayores se decidió que la presencia de Carlos era necesaria… ¡muy lejos! Fueron a Brasil a esperar que la policía se olvidara de las deudas urgentes, y en esos meses oscuros y angustiantes Monzón hizo la peor de sus peleas. Perdió una decisión en 8 rounds con Felipe Cambeiro, y esa noche cayó tres veces a la lona. Vale la pena tenerlo presente para recordar que Monzón cayó en el ring sólo cuatro veces en su larga trayectoria. Estas tres veces contra Cambeiro y una cuarta vez trece años después, frente a Rodrigo Valdez, en la que fue la última pelea de su vida.

 

   De los tres rivales que lo vencieron (Cambeiro, Alberto Massi y Antonio Aguilar) se cobró venganza. Cuando Monzón superó sus limitaciones físicas, ya no perdió. Pero aquella época desgraciada dejó su huella para siempre. Monzón nunca fue un hombre atlético. Llegó a ser muy fuerte, pero siempre flaco, esmirriado, con la evidente huella de haber sido un desnutrido. De otro modo hubiera sido quizá peso completo. Era tres centímetros más alto que Mike Tyson.

 

 

 

MONZÓN PROTAGONISTA

 

   No es todo lo que se puede contar. ¿Cómo contar pormenorizadamente todo? Que filmó ocho películas y participó en telenovelas. Que fue elegido el mejor deportista del año no una sino varias veces, igual en Argentina que en toda América y en Europa. Que tuvo una docena de carros Mercedes Benz y que a todos sin excepción los partió en dos en accidentes de los que escapó milagrosamente ileso. Que tuvo premios insólitos como por ejemplo el de ‘el hombre mejor vestido del año’ que le entregó una revista femenina. Que fue dueño de un restaurante en Punta del Este, Uruguay. Que en 1982 estuvo preso un mes por posesión ilegal de un arma de guerra (un fusil del ejército que alguien le regaló). Que aprobó la publicación de un libro sobre su vida al periodista argentino Ernesto Cherquis Bialo y que luego negó todo lo narrado cuando se enojó con el escritor. Que perdió una demanda por eso. Que fue importador de carros y de motos y construyó un edificio (el ‘Carlos I’) en Santa Fe quince años después de haber sido bolero, voceador y albañil en el mismo sitio.

 

   No es todo lo que se puede contar. No. El día que iba a pelear contra Tony Mundine –rival dificilísimo, como casi todos los que tuvo, aunque después de pelear con él varios hayan optado por el retiro—comimos en un restaurante frente al Luna Park. A las 12:30 se levantó de la mesa y dijo: “me voy a dormir la siesta”. A las 15:30 lo fuimos a buscar porque por reglamento a las 16:00 debía estar en el estadio. Lo encontramos profundamente dormido, tres horas antes de pelear por el campeonato del mundo.

 

   Ganó bolsas variables, sumando algo más de dos millones de dólares. Después que se retiró vino el dinero grande al boxeo. En su última pelea llevaba la mejor bolsa de su carrera. Quinientos mil dólares contra el colombiano Rodrigo Valdez. Pero le pareció poco y como no habría otra oportunidad apostó la totalidad de la bolsa a su favor. Peleó a todo o nada, y ganó un millón al duplicarla.

 

   En 1983 lo encontré en Nueva York para la fiesta por el veinte aniversario del Consejo Mundial de Boxeo. Me confesó que tenía un millón de dólares en bancos. Siete mil dólares mensuales de intereses, de los cuales gastaba sólo tres mil.

 

 

 

AL FINAL

 

   En agosto de 1979 fue a una despedida que me hicieron en Santa Fe porque yo venía a vivir a México. Lo acompañaba su flamante pareja, Alicia Muñiz, la uruguaya a la que los amigos conocimos esa noche. Después sería su esposa, y madre de Maximiliano. El 14 de febrero de 1988 ella murió en Mar del Plata en confusas circunstancias pero sin duda en una riña de una madrugada de locura y alcohol, cayó desde un balcón de primer piso. Monzón fue acusado de homicidio y encerrado en la cárcel de Batán, cercana al lugar de los hechos.

 

   Lo visité pronto en Batán y no le pregunté nada, porque las noticias decían que él no hablaba con nadie de lo sucedido. Nunca sabré por qué me contó todo con una minuciosidad que hubiera deseado el juez de la causa. Se mantuvo en que su intención no era matarla, que tuvieron una pelea como cualquier pareja y que accidentalmente ella cayó para morir.

 

   En 1995, tres días antes de su muerte, comí con él en la cárcel, de la que le faltaban pocos meses para salir. Fue conmigo el periodista Ricardo Porta, quien llamó a la radio LT 9 y juntos le hicimos la última entrevista de su vida. No se grabó, se perdió. Cuando Monzón murió se pidió por ese documento a los oyentes, nadie lo tuvo.

 

   Ser boxeador no es un destino, es una fatalidad. No se busca ni se estudia, simplemente se abraza si es necesario. Se procura torcer el sino a puñetazos cuando de otro modo no se puede. La mayoría de las veces, como en cualquier lotería, se fracasa, o se obtiene un pequeño éxito. Otras veces, pocas, el triunfo es total, desmedido. Por algunos años fue el caso de Monzón, que se subió a un cohete espacial para recorrer su existencia. Voló a velocidad descontrolada. Con frecuencia sintió que todo lo que le pasaba era un tormento, deseó dar por soñado todo lo vivido.

 

   El niño aquel que nació en San Javier en 1942 eligió vivir esta vida, la de este relato. O la vida lo eligió a él, difícil precisarlo. Todo fue vertiginoso y abrupto. Un grito. Una estampida. Hace 42 años, hoy, tocaba el cielo, y desde entonces siguió el derrotero fatal del paso por este mundo, poco a poco comenzó a dejar de ser.

 

publicado en CENTRAL DEPORTIVA de El Universal el 7 de noviembre de 2012

www.centraldeportiva.com

 

 

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EDUARDO LAMAZÓN Periodista. Nacido en Buenos Aires, Argentina, en 1955. Ciudadano mexicano desde 1991. Actualmete comentarista de boxeo en Televisión Azteca, de México, MVS Radio y diario OVACIONES.

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