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Publicado 10th feb 2012
Publicado por Lamazon

La nacionalidad es para los seres humanos una condición de identidad, que reune, agrupa, fortalece y dignifica a ciudadanos que tienen asuntos en común, generalmente el haber nacido en un territorio determinado. Se adquiere de varias formas, dos de ellas son el nacimiento y la naturalización.

Oscar de la Hoya se naturalizó mexicano el 11 de diciembre de 2002 en una ceremonia en el Consulado Mexicano de Los Angeles, en la que estuvo acompañado de su esposa Millie Corretjier y recibió la matrícula consular número 200,000 que lo acredita como nuestro connacional. La ley pone algunas restricciones a los no nacidos en territorio nacional, pero no dice que unos mexicanos son de primera y otros son entenados.

La inclusión de Oscar de la Hoya en la lista de los mejores boxeadores mexicanos de todos los tiempos (ver en esta página de boxazteca) desató preguntas, aprobación, dudas, quejas y en algunos casos, pocos, indignación.
Cuando pregunté a algunas personas por qué se resisten a aceptar a De la Hoya como mexicano genuino me contestaron que porque no vivió nunca en México.

Recuerdo a Oscar subiendo siempre al ring, desde que era amateur, con la bandera mexicana, y no me parece que lo hubiera hecho con intenciones aviesas entonces, cuando su gran futuro era aun incierto. Recuerdo también que el comité olímpico de los Estados Unidos lo amenazó por no desentenderse de la enseña tricolor, y Oscar no hizo caso.

César Vallejo es la figura cumbre de la literatura peruana, y prácticamente no vivió en Perú. Nadie le niega su peruanidad.
“Hay golpes en la vida tan fuertes…
Yo no sé…
Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo…”, decía el peruano maravilloso, ¿se acuerdan?

En contraste, a Gabriel García Márquez son muchos los colombianos que le reprochan severamente que haya dejado su tierra.

Somos peculiares los hombres para manejar nuestros afectos, nuestros amores, la aceptación de los demás.

México es un país en el que no he notado, nunca, ni una triza de xenofobia, por lo que la actitud de los que aceptan a Oscar de la Hoya como nacional, me parece correcta y buena.

Imagínense si a Mantequilla Nápoles o a Ultiminio Ramos no los aceptáramos como mexicanos. En la historia del boxeo cubano no están. Si en la de aquí tampoco… habría que concluir que no existieron.

“Quien considera que los buenos extranjeros no son extranjeros en su patria, engrandece su nación hasta igualarla al mundo”, escribió el uruguayo Constancio Vigil.

Tomémoslo en cuenta.

artículo publicado en 2009 en la página de TV Azteca

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Publicado 11th ene 2012
Publicado por Lamazon

 

                           Por  Eduardo Lamazón

 

Hace 100 años había dos grandes boxeadores en peso completo que protagonizaron una buena historia. Los dos fueron campeones del mundo, cada uno a su tiempo. Uno era Jim Jeffries, nacido en 1875 en Carroll, Ohio; y el otro era Jack Johnson, el primer campeón mundial negro en el peso completo, y uno de los mejores campeones que han sido, y que fue tan extraordinario que aun hoy si se hace una lista de los mejores de la historia entra en los primeros 5 o 6. Johnson era El Gigante de Gálveston, de Gálveston, Texas, donde había nacido.

Jim Jeffries estaba destinado a irse invicto, porque así se retiró en 1904 sin haber perdido jamás, pero cometió el error de regresar seis años después, a los 35 de edad,  tentado por lo de siempre… la gloria y el dinero, cuando Johnson ya le había ganado el título a Tommy Burns y era el rey en el trono y no había quien pudiera ponerlo en entredicho.

Johnson

Johnson

La pelea se montó en 1910 en Reno y fue un gran acontecimiento. Fue la primera vez que se contruyó un lugar especialmente para la pelea, con la promoción de Tex Rickard, por supuesto, nadie más que él que fue el mayor promotor de todos los tiempos hacía estas cosas en aquellos entonces… Asistieron 16,528 espectadores con boleto pagado y entre el público estaban y fueron presentados Tommy Burns, Jack Kilraine y Abe Atell.

Ganó Johnson por nocaut en el round 15 de una pelea pactada a 45 y las cosas estuvieron en su lugar, era la diferencia que había entre los dos. Una lástima, porque una auréola de héroe acompañaba a Jeffries desde que había abandonado el boxeo sin perder.

Johnson era una figura enorme. Si usted lo ve en youtube (inclusive esta pelea de que les hablo se puede ver en youtube) por favor piense en esto: muchos me preguntan por qué lo pongo entre los grandes de la historia si era un boxeo tan distinto, mecánico, rudimentario para los ojos de un observador de hoy… bueno yo contesto que todos los grandes historiadores lo han colocado entre los mejores, arrastrando desde hace un siglo el respeto que se le tiene. Y si estuviersamos equivocados, vamos a ver qué le parecen a usted estas palabras de Jim Jeffries que mostró una gallardía única al declarar a una cronista en viaje de regreso a California después de la pelea: “En mi apogeo tampoco hubiera podido castigar a Jack Johnson, no, no, ni en mil años hubiera podido alcanzarlo, es demasiado bueno”.

Esto que les digo me lo contó Steve Farhood, que es uno de los respetables historiadores de este tiempo, y segurmente hace 100 años fue una dura lección para Jack London, el gran escritor, que había sido el principal promotor del regreso de Jeffries a quien había dicho muchas veces “Vístete de boxeador, sube al ring y borra de la cara de Jack Johnson la sonrisa que tiene siempre encendida el negro”.

De muchas maneras comenzaba a vivir esa frase tan boxística que dice “Nunca se vuelve”, y que casi siempre es verdad. Le cuesta a los boxeadores volver, le cuesta a los hombres volver a ser los de “aquellos días de esplendor en la hierba –como dijo el poeta–, de la gloria en las flores –como dijo también–”. La vida pasa.

MVS RADIO
SÁBADO 9 de julio 2011
102.5 FM   15:00 HORAS

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Publicado 19th jul 2011
Publicado por Lamazon

                                                Por  Eduardo Lamazón

 

Juan Manuel Márquez nos regaló un nocaut raudo y seco, y nos negó todo lo demás, las respuestas que queríamos.

La pelea no sirvió a la preparación pero por su espectacularidad hizo a favor de su próximo encuentro con Manny Pacquiao. Unos cuantos van a soñar como posible que Juanma le haga al filipino lo que le hizo a Likar Ramos.

En la pelea del sábado Márquez pesó cuatro kilos más que en la anterior pelea con Pacquiao en marzo de 2008, y deseábamos verlo moverse, examinar sus piernas y su cintura, revisar la velocidad, atisbar qué Márquez vamos a exportar en noviembre al formidable tercer encuentro de esta rivalidad no resuelta. No vimos nada por lo conciso de la pelea, y Juan Manuel pareció gordo marcando las 138 libras (62,595), que es inclusive un peso muy menor (2,700 kilos) al acordado para noviembre. Le estará dando a Manny Pacquiao una ventaja aterradora.

 

Poco más arroja el balance de Cancún, pero sí nos dice que Juan Manuel mantiene sobre el ring la prestancia y la autoridad que lo colocan como el mejor boxeador mexicano de estos tiempos, y un intenso poder de convocatoria. Reventó la plaza con 6,300 personas que festejaron mucho en un buen espectáculo, se divirtieron, y corroboraron que con Márquez va todo México a la pelea de Las Vegas dentro de diecisiete semanas. Juan Manuel parece no tener mucha oportunidad de ganar, pero como en el boxeo siempre suceden cosas impensadas (recordar Salido contra López o Montiel contra Hasegawa) yo no voy a dejar todas las puertas cerradas. Si Márquez no le gana al Pac Man al menos va a dar una pelea infinitamente mejor que las miserias que exhibieron Judas Clottey o Shane Mosley.

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Publicado 12th jul 2011
Publicado por -Lamazon-

 

                                                      Por  Eduardo Lamazón

Casi perdido, como al final de su primera pelea contra Meldrick Taylor, las fuerzas menguantes y las esperanzas exánimes, hace unos meses Julio César Chávez aceptó que necesitaba ayuda para superar sus adicciones. Hizo lo que hacen los hombres que se respetan, comprometer empeñosamente todo su ser para conjurar la maldición que lo postraba.  Prisionero de miserias humanas, de las que todos tenemos, de las que solemos señalar con facilidad cuando germinan en el prójimo y tanto nos cuesta reconocer en nosotros, la vida de Chávez  se había transformado en un laberinto oscuro, en un camino inmensamente solitario, en un andar turbulento y sin brillo, en una persecución angustiosa de la felicidad imposible, siempre esquiva.

¡Cómo no  iba a llevarse mal con el mundo si mientras forjaba su destino deportivo, sufrió deslealtades a la confianza que había depositado en promotores, administradores, amigos, familiares!

No que no haya habido culpas en Julio César Chávez, porque es seguro que fue responsable de muchos insucesos, pero en la búsqueda de un horizonte nuevo para hacerlo compatible con el nuevo héroe en que se había convertido en los años ochenta, un nuevo mito para esta raza, tuvo ilusiones e intenciones sanas, y como tantos, no supo o no pudo administrar lo que llegaba en demasía. Recorrió madrugadas como un péndulo zigzagueante, navegó sin memoria y sin futuro en un espacio de niebla, hasta que todo se hizo difuso; le fue difícil diferenciar buenos de malos consejos, separar amigos honestos de los que no lo eran, y entender por qué estaban cerradas las puertas que antes había encontrado siempre abiertas.

Hallé ahora a un Chávez recuperado, socio de la vida, inteligente y en calma, a salvo de aquella ansiedad inabordable que hace unos meses lo asesinaba.

Me reveló que haberse sacudido algunos vicios fue lo de menos, que lo que agradece es que le hayan remendado el alma, que lo hayan ayudado a reencontrarse con este arrebato demoledor de querer acercarse otra vez a la gente, a suprimir el resentimiento, a amar, a sentir simpatías, a  ver un universo de hijos, de amigos, de luz, de cosas que hacer por él mismo y por los demás. Lo que va de querer morir a querer vivir, y lo que va de andar dando tumbos a haber recuperado la vergüenza para procurar ser digno en cada acto, es la distancia que separa a aquel Julio César Chávez que nos dolía tanto de este ser humano redimido.

Nunca está ganada la batalla cuando se trata de lo que podemos ser. No es alcanzable la cresta de nuestras posibilidades, pero en andar el camino está la aventura, no en el culmen imposible.

Aquello de que los deportistas tienen la obligación de ser ejemplo para los demás es una zarandaja insoportable, y pocos lo consiguen. Pero este Julio César Chávez, el que no debe cambiar para ser un poco feliz y vivir en paz, este que derrotó a la muerte que lo acechaba, créanme, este que regresa del infierno para instalarse en el llano de los hombres frecuentes, es ejemplar.

artículo publicado en OVACIONES el 15 de marzo de 2011

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Publicado 12th jul 2011
Publicado por -Lamazon-

 

                                Por  Eduardo Lamazón

 

Puerto Rico. El Viejo San Juan. Hace unos días.

Me siento a comer con Julio César Chávez y al preguntarle por sus hijos me dice que acaba de verlos entrenar y ver entrenar a Manny Pacquiao. ¡Por fin!, me digo. Es la oportunidad para consultarle lo que tanto me interesa. Quiero que sea Chávez y no otro quien me diga qué piensa del entrenamiento del filipino.

Y Chávez me dice: “Mira, Lamazón, es otra cosa, es algo que yo no sabía que existía… lo que yo hacía comparado con lo que hace Pacquiao es como si yo no hubiera entrenado”.

Y remata: Si yo hubiera entrenado así todavía sería campeón, o le habría ganado a pesos completos, o habría sido el más grande de la historia.

La explicación vale un millón, porque viene de quien viene, porque sirve para comparar, y porque arroja claridad sobre el tema de la preparación física de los boxeadores, que los últimos años ha cobrado importancia primordial. Hace 50 años los boxeadores eran boxeadores, ahora son boxeadores y atletas. Los que entrenan obteniendo su máxima capacidad de rendimiento, tienen ventajas. Pacquiao, Cotto, Mayweather y Márquez son algunos de ellos. Hacen uso de ramas especializadas de la Medicina , de la Química , de la Física y de una serie de disciplinas que apuntan a la perfección. Si es necesario afinar un coche Fórmula Uno, metal y gases, ¿habrá alguien que pueda restarle importancia a la adecuación del ser humano sometido a su máximo esfuerzo?

Otro de estos días le pregunté a Adrián Hernández, flamante campeón, si cuenta los golpes que tira en un round en una buena sesión con ‘sparring’. Me respondió que no, y yo creo que debería hacerlo. Imagínese usted que un boxeador cuenta y advierte que en el intercambio con su mejor ayudante tira 80 golpes en tres minutos. Dígame si no tiene el reto a la vista. Proponerse practicar para mejorar ese rendimiento primero en un 10 % y después en otro 10. Se iría a 88 golpes, y más tarde a 97. El cambio en pocos meses, quizá en pocas semanas, sería dramático.


Tras presenciar la primera pelea entre Muhammad Alí y Joe Frazier, el excepcional narrador boxístico Norman Mailer escribió: “el pugilista sobrelleva en el ring experiencias ocasionalmente inmensas, comunicables sólo a otros colegas de primera magnitud o a mujeres que sufrieron las peripecias de un parto prolongado. Dos grandes boxeadores, durante una gran pelea, surcan ríos subterráneos de agotamiento y trepan cimas de agonía, contemplan la luz de su propia muerte en los ojos del hombre a quien enfrentan, llegan a la encrucijada del más atroz ‘karma’, cuando se alzan de la lona contra el llamado embriagador de las catacumbas del olvido”.

Desafío demoledor, entrenar para ganar. He querido traer otra vez este tema porque como lo sostengo hace mucho México debe encarar en su boxeo dos empresas postergadas: mejorar la técnica defensiva de sus peleadores, y entrenarlos, a todos, conforme demanda una realidad que quema.

artículo publicado en OVACIONES el 17 de mayo de 2011

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Publicado 12th jul 2011
Publicado por Lamazon

NO volveremos a ver a Julio César Chávez sobre un ring.

Para los que amamos el boxeo, esto será cargar una pena amarga, aceptar una estúpida tragedia, digerir el infame recordatorio de que la vida avanza inexorable y nos quita siempre, de una u otra manera, las cosas y la gente que queremos.

Cuando Chávez se hizo profesional yo tenía 24 años, hoy tengo 48. Dígame, lector, si a usted no lo conmueve la misma certidumbre, si no le duele un dolor parecido, si no siente, como yo, que cuando se van nuestros ídolos nos vamos yendo con ellos. Astucia de la juventud que nos queda para alejarse burlona, escurrirse del aliento, estupor ante lo inevitable.

A los 41 años de edad Julio César Chávez se retiró. ¡Cuarenta y un años! Cuarenta y uno tenía Cristóbal Colón cuando descubrió América, 41 Platón cuando fundó la Academia Ateniense que cambió la forma de pensar de la humanidad, y 41 Marco Polo cuando completó su formidable periplo de veinticuatro años de duración. ¡Pero cómo pesan para boxear! Boxear es una demanda física indescriptible.

Para colmo… la eficiencia del Júnior. El derroche de juventud del Julio joven, del Julio-hijo que nos exhibe con crueldad las diferencias que querríamos disimular, las que el proceso de envejecimiento naturalmente acarrean. Lo que en el padre se marchita en el hijo florece exuberante, arrebatador, incontenible.

Julio César Chávez sabía de su ocaso deportivo antes de la pelea. Por eso se preparó bien para el compromiso del adiós. Echar el resto para irse dignamente y recoger los aplausos que cada vez se agradecen más y se consiguen menos conforme pasan los años. Por eso dijo en la conferencia de prensa y repitió con Brozo: “Chingo a mi madre si el sábado no dejo la vida”.

No le hizo falta tanto a “el gran campeón mexicano”, como dice Jimmy Lennon con acento gringo. A propósito, me pareció un disparate la presencia protagónica de Jimmy, que es el mejor anunciador del mundo, en México. Las muestras de cortesía hacia los visitantes, la hospitalidad y las buenas maneras son irreprochables y dignas de pueblos educados, que por lo mismo deben exigir trato recíproco inexcusable. Cuando veamos a Marlon Gurezpe anunciando en Las Vegas, me parecerá magnífico celebrar otra visita de Jimmy.

Todo bien lo de Julio César Chávez. Mucha emoción en la atmósfera, aplausos, ríos de amor para el ídolo y una pelea dignísima. Nadie debía esperar más.
Nadie podía esperar más. Lo que vimos el sábado hubiera sido muy poco en 1992, pero en 2004 fue generoso en exceso.

Con la velocidad dormida pero con su grandeza incólume, ausente la juventud que se había esfumado en 112 batallas, renovado el orgullo, Chávez enfrentó cerca de la medianoche del sábado la ceremonia del adiós. Cuando tañía la primera campanada y Lupe García los llamaba a combatir, el beso de su hijo Julio César lo mandó al centro del ring a enfrentarse con su inmediato destino de 39 minutos. Tenía por delante 10 rounds y después el resto de la vida, como ex boxeador.

El cielo de plomo se petrificó, y la amenaza de lluvia se convirtió en solidaridad divina. A mi lado una dama madura y hermosa hizo la señal de la cruz cuando oyó la campana, miró hacia el firmamento y elevó una plegaria.

Frankie Randall se portó de maravilla, como si hubiera ejecutado un libreto, tratando de hacer muy bien las cosas, sin ser socio de nada en la noche de Chávez, pero a tono con la despedida, limitado también él por el paso de los años… sobrado de capacidad por sus muchos recursos para convertirse en el ‘partenaire’ perfecto.

¿Con qué hubiera podido este Randall de 42 años conmover a JC, dueño de la quijada más resistente del siglo XX?

Fue tarea cumplida. Una buena manera de decir ‘hasta siempre’. Dentro de 200 años no estaremos ni Chávez, ni usted, ni yo, pero alguien verá la pelea, y otras peleas anteriores, y se maravillará de tanto talento. Un cuarto de siglo sobre el ring y 37 peleas titulares, récord entre los récords, hicieron a este hombre el mayor deportista mexicano de todos los tiempos. Campeón mundial siempre y en todas las circunstancias. La grandeza que escaló será apreciada en toda su magnitud dentro de cincuenta años.
* * *

El último round fue una epopeya. Chávez se olvidó de la edad y se olvidó de todo para escupir golpes como un adolescente, sin una pausa. No pestañeó, no respiró, mordió los dientes y ¡para adelante! Randall lo acompañó en el intercambio y el cierre se hizo música de cámara. La gente se levantaba de las sillas con el aplauso a flor de palmas, con nudos en las gargantas, con el aliento contenido y un murmullo ensordecedor.

Ahí estaba el final de película, lo que habíamos ido a ver, JC exhausto y a punto de colapsarse, el adiós para siempre. El último capítulo de un destino de boxeador que por el dedo de Dios se escribió. Dar vuelta la página y empezar otra vida.

Cerré los ojos y pensé en las grandes noches, y me pregunté si toda la gente sería capaz de comprender todo. Si tendría indulgencia para juzgar la entrega final de este viejo león de los cuadriláteros. Me acordé de Ray Robinson cuando estaba en el atardecer de su carrera y decía “Veo el hueco que deja mi rival, sé que por ahí debo colar el golpe, mi cerebro da la orden… como antes, pero ahora el golpe llega tarde.”

Envejecer no es pecado, es haber vivido.

Ojalá que Julio César Chávez no tenga que transitar una temporada de tristeza para adaptarse a la nueva vida… tiene el consuelo del deber cumplido. Que se diga como Claude Lelouch: “Los mejores años de la vida son, siempre, los que aún no vivimos”.
Miré la hora. Eran las 0:23 del 23 de mayo de 2004. Julio César Chávez, ex boxeador, acababa de ingresar a la inmortalidad.

 

esta columna fue publicada en el diario ESTO de México el 24 de mayo de 2004, dos días después del retiro de Julio César Chávez en la Plaza de Toros México.

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Publicado 12th jul 2011
Publicado por Lamazon

 

Por  Eduardo Lamazón

 

Brandon Ríos se porta como un demente. Habla, grita, amenaza, vocifera y ofende con un lenguaje pestilente y soez. Y por ahora cumple sus amenazas. Es incontenible sobre un ring de boxeo, y posiblemente debajo también. Soportó los golpes de Urbano Antillón como si fueran caricias y ganó la pelea con una facilidad pasmosa. Quiere arar la tierra y desaparecer a todos los pesos ligeros del mundo. “Puedo matarlos uno a uno sobre el ring, pero como soy un chico bueno me conformaré con ganarles”, dijo. Habrá quien piense que no es para tanto, y seguramente no es para tanto, pero Brandon, mientras , llama la atención y mete miedo.

La pelea en Carson fue tan dramática como se esperaba, pero muy breve, lo que acotó las emociones de la batalla épica de todos los pronósticos. Urbano Antillón no soportó la presión de los golpes que le llegaban en marabunta y no fue apto para un agarrón como el que había tenido con el Zorrita Soto.

EL EQUIPO DE AZTECA CON BRANDON RÍOS. Foto de Eduardo Becerril

¿Es tan bueno el Bam Bam Ríos? Todavía no lo sabemos. Le ganó a Antillón y fue impresionante, pero todo podría ser distinto cuando se enfrente a gente con mayores recursos, como el Títere Vázquez o Juan Manuel Márquez, por ejemplo. Este Antillón estático, de piernas ausentes, incapaz de boxearlo, le facilitó las cosas.

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Publicado 12th jul 2011
Publicado por Lamazon

El boxeo es la más descarnada representación del drama de la vida. Es el hombre y su lucha, desde que nace hasta que muere. Vivir es saber que no hay atajos para evadir el dolor. No es el deporte de la ternura, ya se sabe, pero lejos del ring también hay más golpes que caricias.

Confrontar, caer, levantarse, cambiar el rumbo de las cosas, ganar y perder, gozar el abyecto placer de la venganza, mentar madres, sobreponerse a la adversidad, conjurar el malfario de un destino malhadado, matar o morir. Es igual arriba del ring que abajo de él.

No se boxea para destruir al adversario, a pesar de la metáfora. Se boxea para vencer.

El pugilato ha sido vilipendiado con largueza por un ejército de intolerantes que condenan la violencia que su práctica conlleva. Son ciegos a la realidad del mundo, la utopía con la que sueñan no existe. No hay abogados ni arquitectos boxeadores, la del ring es tarea de los más desabrigados por la sociedad.

Cuatro quintas partes de la humanidad viven en condiciones deplorables. La Organización Mundial de la Salud reveló este año que en el mundo hay mil millones de hambrientos sin esperanzas. Esto es el Estadio Azteca de la Ciudad de México diez mil veces lleno. Miles perecen de inanición cada hora. Dos mil millones de seres sobrenadan estar vivos con un dólar por día. Otros hombres, más afortunados, al mismo tiempo, impúdicamente, se empeñan en cerrar las pocas puertas que tienen abiertas los que no tienen nada. Negarles la sola oportunidad que encontraron para apostar una ficha en la ruleta de su existencia, es lisa y llanamente matarlos.

“Combata la pobreza, mate un mendigo”, decía una pinta irónica en una universidad europea, exhibiendo  las soluciones que algunos tienen para hacer del mundo un mundo mejor. Siempre ha habido señores de cuellos y puños almidonados, incapaces de sentir piedad, pero, eso sí, muy educados, acicalados con prurito aristocrático, que se horrorizan por la práctica del boxeo. ¿Cómo será el mundo aséptico y pudoroso que proponen? Tal vez un mundo de conmovedora armonía con gente pintando cuadros y leyendo libros, visitando museos y oyendo música siempre suave. ¡Nada de dolor! Me pregunto de qué escribirían los poetas, qué pintarían los pintores, en qué se inspirarían los músicos si en este mundo no hubiera prostitutas, borrachos, boxeadores.

El boxeo puede gustarle o no, a usted, lector. Pero nadie podría menospreciar la calidad de artístico en lo que fue capaz de hacer –pongamos por ejemplo– Sugar Ray Leonard sobre un ring. Boxeo aprendido en conservatorio, que se envuelve en papel de seda. Rudolph Nureyev lo hubiera aplaudido embelesado, viendo tal demostración de señorío, de dominio del cuerpo, un himno a la estética. Nadie le ha pedido a Julio César Chávez que cante como Beniamino Gigli, pero tampoco nadie hubiera esperado del portentoso tenor italiano que tirara un gancho con la perfección del gran peleador mexicano.

Algunos llaman arte a lo que ellos hacen y vulgaridades a lo que hacen los demás.

No hay exaltación del individualismo mayor que las del boxeador y del artista. Éste es un condenado a no compartir nada con nadie  porque la creación sólo es posible en soledad; aquél se sublima en una forma de locura que lo hace creerse dueño del mundo. “Cuando se es tan grande como yo, es imposible ser humilde”, sentenció Muhammad Alí cuando estaba en el cenit de su gloria. “Todos queremos ir al cielo pero nadie quiere morir”, dijo Joe Louis. “Mi causa soy yo”, advirtió un día Joe Frazier; y el inefable Macho Camacho nos dejó conocer el más grande de sus anhelos: “¿Mi sueño? Es morir en mis propios brazos”.

Cine, literatura, pintura, fotografía, teatro, música, se han enriquecido con este deporte. El arte nace casi nada del motivo inspirador y casi todo de lo que anida en el alma del artista. La sensibilidad de muchos que rozaron la monumental historia del boxeo, y la de sus hombres de calzón corto, ha producido emociones profundas. Veamos el boxeo con un poco de indulgencia. Cuando un boxeador se abraza al rival, para no caer, es la vida lo que abraza, para no morir. Porque mayor que el temor de caer es el miedo a no levantarse. El boxeador sabe que si no se para a pelear el amor del mundo se esfuma.

El ring es el teatro y el boxeador es un actor muy escrupuloso, intérprete trágico, exégeta de la máscarada de existir.

artículo publicado en el libro anual de la promoción ZANFER, en México, en diciembre de 2010.

Boxing

By Eduardo Lamazón

Pugilism is the utterly emaciated representation of the drama of life. It depicts man’s struggle from the time he is born until he dies. Living is the acquired knowledge that there are no short cuts for evading pain.  Certainly, boxing is far from being the sport of tenderness, though punches away from the ring are more abundant than caresses.

Whether the issue is confronting, falling down, getting up, changing the course of things, winning and losing, enjoying the heinous pleasure of revenge, swearing, recovering from misfortune, banishing an ill-fated destiny, killing or dying, the scenario is the same inside or outside the ring.

Despite the metaphor, the intention of pugilism is not the destruction of the adversary.  Winning is boxing’s only objective.

The pugilist has been vilified with largesse by an army of intolerants who condemn the violence that its practice entails.  They are blind to the reality of this world; the utopia of their dreams does not exist.  There are no lawyers or architects among boxers; the task inside the ring belongs to the most vulnerable and unprotected members of society.

Four fifths of humanity is living under appalling conditions. The World Health Organization report says that this year, there are one thousand million of hungry persons with no hope at all. This equals to ten thousand times the occupancy of Mexico City’s Estadio Azteca (largest sports stadium in the country for 105,000 people, devoted mainly to soccer). Thousands are dying of starvation every hour and two thousand million barely survive with one dollar per day. In spite of all this, there are people, much more fortunate, who brazenly keep trying to close the few doors that are open for those who have nothing. To deny them the sole opportunity they have found to place a bet on their life’s roulette, is plainly and simply killing them.

“Fight poverty; kill a beggar”, was the ironic message of a European university, exhibiting some of the solutions that some people have to make the world a better place. There have always been starched-collar men who are horrified by pugilism, though they are incapable of being the least bit merciful and their good manners and aristocratic eagerness are very much in shameless evidence. How would the aseptic and prude world they propose be? Could it be possible to visualize a world full of touching harmony with people painting or reading, going to museums and listening to soft music? But no pain to mar the picture! I ask myself, what poets would write about, what painters would put in their paintings, what would inspire musicians if this world were deprived of prostitutes, drunks, boxers or the famished?

The pugilistic sport may or may not be of your liking. But no one could look down on the artistic quality that characterized –for example- Sugar Ray Leonard on the ring.  A kind of boxing learned in a conservatory that could be wrapped up in silk paper.  Rudolph Nureyev would have been captivated in the presence of such demonstration of body dominance and class; a hymn to aesthetics.  Nobody has asked Julio César Chávez to sing like Beniamino Gigli, though neither would be expected that this magnificent Italian tenor could throw a hook as perfect as this great Mexican boxer.

What some people do, they call it art, and what others do, to them it is nothing better than vulgarity.

There is no higher exaltation of individualism than those of a boxer or an artist.  The former is condemned to not sharing anything with anybody as his creation is only possible in solitude, and the latter, letting his feelings reach such a madness pitch, ends up believing he owns the world. “When you are as great as I am, it is impossible to be humble” Mohammad Alí declared sententiously when he was at the top of his glory. “We all want to go to heaven though no one wants to die”, Joe Louis said. “My cause is myself”, was a warning from Joe Frazier; and the ineffable Macho Camacho shared with us the deepest of his desires: “My dream? It is to die in my own arms”.

The film industry, literature, painting, photography, theater, music, all have gained from this sport. Art comes out only in a small quantity from the inspirational motif and almost all of it from what has nested in the actor’s soul. The sensibility of many who touched the monumental history of pugilism and the lives of its men in shorts, has given way to deep emotions.  Let us look at boxing with a little indulgence. When a fighter puts his arms around his opponent, it is because he does not want to fall and he is hugging life.  His greater fear is falling and not being able to get up again. He knows that if he fails, the love from the world will melt away.

The ring is the theater and the boxer is a very scrupulous actor, a tragic interpreter and an exegesist of life’s masquerade.

Article published in the annual publication of ZANFER, Mexico, December 2010.

Translation from Spanish

Alejandra Díaz-Ceballos

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Publicado 5th jul 2011
Publicado por Lamazon

 

                                       Por  Eduardo Lamazón

 

La pólvora estuvo escondida siete minutos en los guantes del Tyson Márquez que sólo en el tercer round provocó el estallido único y final para resolver la pelea en Hermosillo. Sigiloso, casi dormido durante dos rounds, no daba pistas de que ése sobre el ring era el hombre de puños incendiarios que conocemos. Si usted revisa el registro del tercer round que está en youtube, verá que Julio César Chávez decía en la transmisión “le faltan combinaciones al Tyson para empezar a hacer daño”, y como si le hubiera hablado al oído las manos del sonorense comenzaron a trabajar con obediente diligencia. Sus envíos explotaron abajo y en el rostro de Edrin Dapudong que depositó tafanario e ilusiones en la humillante lona del ring.

El Tyson Márquez abre los ojos de los aficionados que lo miran como una posible nueva figura grande del boxeo. No es ya el que perdió con Nonito Donaire y con Mepranum. ¿Por qué?, se preguntarán ustedes. Y es que la pelea, victoria y título en Panamá contra Luis Concepción lo hicieron crecer donde más importa, en confianza y voluntad. Ahora cree y sabe que puede romper esquemas y romper madres porque donde pega hace un desastre.

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Publicado 24th jun 2011
Publicado por Lamazon

 

                                             Por  Eduardo Lamazón

 

México tiene 16 campeones del mundo en el universo complejo del boxeo de estos días, con una oferta de títulos y de monarcas que hay que saber leer y entender para no perderse en un laberinto indescifrable.

Dos de esos campeones son Julio César Chávez y Saúl Canelo Álvarez que concentran casi toda la atención de los aficionados, y que en mi opinión deberían pelear porque sigue siendo la pelea más interesante, taquillera y formidable que puede ofrecerse al público mexicano, y me atrevo a decir que la más atractiva de la historia entre dos de casa. No es lo boxístico lo que está en juego, son los dos mundos enfrentados que ellos habitan. Si se hiciera llenaría el estadio Azteca. Llenarían lo que quisieran.

Créanme que he investigado en estos días. Busco que los que pueden responder me digan por qué no pelean Chávez y el Canelo. Imagínense la rivalidad entre ellos y las especulaciones de la gente, la guerra de las cervecerías y de las televisoras, Televisa y TV Azteca transmitiendo al mismo tiempo. Por los peleadores, por la cerveza y por las televisoras cada cual tiene su preferencia, no hay indiferentes.

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EDUARDO LAMAZÓN Periodista. Nacido en Buenos Aires, Argentina, en 1955. Ciudadano mexicano desde 1991. Actualmete comentarista de boxeo en Televisión Azteca, de México, MVS Radio y diario OVACIONES.

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